De cómo empecé viendo True Detective y acabé echando de menos True Blood

No, no voy a decir que True Detective me parezca una mala serie. ganas no me faltan, pero sería faltar a la verdad. Solo puedo decir que no es tan buena como se dice. Nadie pone en duda que los ocho capítulos son toda una lección de interpretación, que la fotografía es mejor que la de la mayoría de películas que se estrenan en cine y que la atmósfera, la sensación de estar dentro de los episodios oliendo a wisky, barro y tabaco, no hace más de incrementarse capítulo a capítulo.

Tomo prestada la genial ilustración que han hecho los chicos de Suxinsu para su camiseta de True Detective y aprovecho para recomendaros su web y sus camisetas, tan suaves como bonitas.

Tomo prestada la genial ilustración que han hecho los chicos de Suxinsu para su camiseta de True Detective y aprovecho para recomendaros su web y sus camisetas, tan suaves como bonitas.

Si en estos años no hubiera habido series como Downton Abbey, Black Mirror, Broadchurch, House Of Cards o la ya defenestrada Homeland (poco se ha hablado del papelón que tienen los cuatro actores protagonistas en los últimos tiempos de esta serie) la calidad interpretativa de Woody Harrelson y Matthew McConaughey podría ser noticia. Pero seamos sinceros, hace años que en la televisión no sólo están los mejores guionistas sino que también se lleva las mejores interpretaciones de la producción audiovisual anglosajona. ¿Serán la atmósfera, la ambientación, la fotografía o las esporádicas alucinaciones, entonces? ¿Qué pasa? ¿No hemos visto Les Revenants, Utopía o Breaking Bad? Todos trabajos destacadísimos por su calidad técnica y originalidad visual que no se han endiosado tanto (los dos primeros, se entiende) como al último gran éxito de la HBO.

Les explicaré por qué yo creo que True Detective ha tenido tanto éxito: porque es un producto creado, promocionado y medido hasta el último detalle para molar. Dos policías alcohólicos tratan de resolver un caso (si éste tiene o no sentido no nos importa demasiado) y se pasan horas en un coche recorriendo los pantanos de Louisiana mientras fuman y hablan de lo divino y de lo humano, soltando unas parrafadas que rivalizan seriamente con las letras de Vetusta Morla en pedantería y falta de contenido. BOOOOM. Ya está, todos como locos: drogas, violencia, nihilismo, autodestrucción y una teta de vez en cuando. Ya tenemos la nueva serie más grande que se haya hecho. Y si encima le ponemos la marca de la HBO, pobre de quien diga que nos la están metiendo doblada.

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Lo cierto es que True Detective me ha gustado más al final, en los capítulos que se desarrollaban en el presente, para entendernos, especialmente el séptimo, que por una maldita vez nos deja ver a los detectives haciendo su verdadero trabajo de forma ágil e interesante. El resto del tiempo el discurso está tan mascado y tan digerido, se dirige tan descaradamente al espectador hacia lo que debe pensar y creer que a mi, personalmente, me cabrea. Todos esos monólogos tan bien interpetados no son más que la exposición plana de la burra que los guionistas quieren vendernos y ni siquiera cuando SPOILER => al final volvemos a comprender entre sollozos que el duro Rust no es más que un pobre hombre roto por la muerte de su hija el espectador tiene derecho a pensar por si mismo. La humanidad de Rust solo aparece en una especie de epifanía mística producto de una paliza que casi lo mata. Sé que me crucificarán por esto, pero si no sabes darle humanidad a tu personaje de otra manera, estás cayendo en una variante de un deus ex machina muy patética <= SPOILER.

Como pueden ver me fastidia que me digan lo que tengo que pensar. Pero me fastidia más todavía que “la masa” se trague el pastel con el envoltorio y todo: los productores de True Detective han sabido medir con precisión milimétrica las inquietudes del espectador medio que se las quiere dar de intelectual pero que a la hora de la verdad no quiere pensar demasiado y miles de personas han mordido el anzuelo. ¿Saben en lo que pensé yo cuando empecé a ver True Detective? En otra serie de la HBO que tiene extraños puntos en común (títulos de crédito, ambientación, música, parte del título) con ella: True Blood (ojo, de aquí en adelante cuando digo “True Blood” me estoy refiriendo a “los 15 primeros episodios de True Blood”. Ya sé que el resto es un despropósito). Puede parecerles una estupidez, pero aprendí mucho más sobre el sur de los Estados Unidos, su gente, su carácter y su historia viendo la aparentemente inocua fábula de Alan Ball que la profunda perorata de Nic Pizzolatto.

Sexo, sangre, violencia, racismo y, sobre todo, un sentido del humor muy ácido. Yo me quedo con estos tres

Sexo, sangre, violencia, racismo y, sobre todo, un sentido del humor muy ácido. Yo me quedo con estos tres

¿La clave? Bajo la excusa de los vampiros, el sexo, la sangre, bastante violencia y drogas; True Blood nos ofrecía un retrato estremecedoramente fiel de la Louisiana profunda, coincidiendo en la factura técnica de calidad y en la búsqueda de buenos actores para encarnar a sus personajes con True Detective. La clave de True Blood, y lo que hace que sea una serie a la que vuelvo una y otra vez con cariño, es que el espectador puede elegir: elegir entre ver una historia de vampiros y sexo protagonizada por una chica un poco tontita o bucear en la alegoría de la América rural, paleta, machista y racista, de los negros que miran a “los nuevos negros” por encima del hombro y de los pueblos y los ciudadanos hipócritas. True Blood funcionaba como un reloj en ambos casos y se afanaba por dejar al espectador elegir con qué cara del chiste sonreír. En cambio, en True Detective solamente hay una dimensión: la inmensa profundidad del monólogo como medio de comunicación directa con el espectador. Son lentejas: si las quieres las comes y, si no, también; porque True Detective como historia de intriga y detectives es bastante coñazo, aunque su cara de “producto serio y reflexivo” sea prácticamente perfecta. Es curioso cómo una de las frases más lapidarias de Rust en el último episodio de True Detective es “todos tenemos elección” cuando los mismos guionistas que la ponen en su boca nos quitan a los espectadores cualquier capacidad de decisión o interpretación sobre la historia que nos ponen frente a nuestras narices. Lo dicho. Con una de estas dos series aprendí muchas cosas que no sabía sobre los Estados Unidos de América. Con la otra, sobre los efectos a medio plazo del LSD. No me pregunten cuál me gusta más, porque ya sabemos la respuesta.

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¿Puede la filmografía de Woody Allen ayudarnos a opinar sobre las acusaciones de violación?

Desde que el pasado fin de semana el New York Times publicara la (ya famosa) carta abierta Dylan Farrow en la que detallaba los abusos a los que su padre adoptivo, Woody Allen, la sometió supuestamente a los siete años; he sentido cierta necesidad de tener una opinión al respecto. Mucho me temo que los motivos son egoístas: si fuera cualquier otro, probablemente en mi cabeza lo tacharía como violador y pedófilo y nunca volvería a disfrutar de una película suya sin que estas palabras rebotaran por mi cráneo. Pero es Woody Allen. Y a mi me gustan mucho sus películas. Su persona, pues miren, no lo sé, siempre me ha parecido un tipo rarito pero nunca me había preocupado, hasta ahora, por su vida privada. Aunque claro, la perspectiva de estar (hasta cierto punto) idolatrando a un señor sobre el que recaen unas acusaciones tan graves me da como que bastante asco.

En consecuencia, después de revolverme el estómago leyendo con atención la carta de Dylan Farrow otro par de textos han llamado mi atención. Trataré de enumerar lo que extraigo, muy a grandes rasgos, de ellos (empiezan a salir varios artículos en castellano sobre el tema aunque la mayoría son más o menos traducciones de algunos de los que comento aquí).

  • La carta de Dylan Farrow en The New York Times. (Hay una versión traducida al castellano en El País) Más allá de las acusaciones contra su padre adoptivo, ya conocidas desde 1992, la hija de Mia Farrow da detalles terroríficos sobre el comportamiento que Woody Allen exhibía hacia ella ya antes de la violación y, por supuesto, de ésta. En consecuencia Dylan se pregunta cómo la comunidad cinematográfica puede encumbrar y premiar la obra artística de un hombre capaz de cometer semejantes atrocidades y se dirige directamente a algunas de sus actrices fetiche de los últimos años para preguntarles cómo se sentirían si les hubiera sucedido a ellas.
  • La columna de Nicholas Kristof en The New York Times, amigo de la familia Farrow, y editor responsable de la publicación de la carta de Dylan. Obviamente, como responsable de la publicación de la carta, da credibilidad al contenido de ésta; aunque admite que no podemos saber con certeza qué sucedió allí. Apunta, no obstante, la horrorosa frecuencia con la que jóvenes son sometidos a abusos sexuales y nos invita a reflexionar sobre el tema.
  • El extensísimo artículo de Robert B. Weide, autor del documental Woody Allen: El Documental (2012), en The Daily Beast.  (Para quien no hable inglés o no tenga mucha paciencia se puede encontrar una especie de versión muy simplificada de este artículo en Playground Magazine). Weide toma el papel de defensor de la causa de Allen. Intentando ser condescendiente tanto con Mia como con Dylan Farrow, argumenta que en el proceso judicial que se abrió en 1992 como consecuencia de las acusaciones interpuestas contra Allen, no fue posible encontrar ni una sola prueba concluyente (ni testigos ni exámenes médicos) que apoyara la versión de Dylan que, para colmo, era contradictoria en algunos puntos. En su extensión parece dar a entender que toda esta historia es una especie de venganza en la que, tras conocerse el idilio de Allen con una de las hijas adoptivas de la actiz, Soon-Yi (la actual esposa de Allen y ya mayor de edad en aquel momento) una despechada Mia Farrow convence a su hija Dylan de que se invente estas acusaciones.
  • Un artículo (bastante menos extenso) de Roxane Gay en Salon. Desde un punto de vista menos condescendiente, arremete contra quienes defienden separar al artista del hombre a la hora de abordar este caso. Dice que prefiere no defenderle y luego darse cuenta de que se ha estado equivocando y lamenta la casi imposible tarea de documentar y probar la mayoría de las violaciones que se producen, con la impunidad que ello conlleva.

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¿Feminismo o presunción de inocencia? ¿Podemos quedarnos con el artista sin quedarnos con el hombre? Tiene gracia (si me permiten la ligereza de la palabra) que estemos hablando precisamente de un hombre que ha dedicado muchas de sus obras a reflexionar (casi filosóficamente) sobre la relación del artista, entendido como individuo, con su obra. El ejemplo más claro cristaliza en una de mis películas favoritas de su filmografía, Balas Sobre Broadway (1994), cuando John Cusack le pregunta desesperado a su compañera de cama “¿Pero tu a quién amas? ¿Al hombre o al artista?”. Es una pregunta que sobrevuela muchas de sus obras, desde las consideradas “comedias menores” como Melinda y Melinda (2004), Vicky Cristina Barcelona (2008) o Un Final Made In Hollywood (2002) hasta alguno de sus guiones más brillantes, como Desmontando a Harry (1997) o La Rosa Púrpura de El Cairo (1985). Debajo de los chascarrillos, de los repartos de infarto, de los chistes que te hacen reír de manera incontrolada, de los neuróticos personajes o de la visión generalmente estereotipada de los personajes femeninos; estas películas comparten algo: una reflexión sobre cómo surgen las historias, sobre la intervención crucial del artista sobre ellas y las consecuencias que estas desencadenan en la vida no artística del individuo. Woody Allen, en sus películas, parece dejarnos claro que, en caso de artistas de auténtico talento (volvemos a Balas Sobre Browadway) no es posible separar al hombre del artista. Aunque, no obstante, me parece que el propio Allen sigue dándole vueltas a este asunto y habrá más películas en las que podamos continuar estudiando sus elucubraciones sobre el tema.

Ahora bien: nos pide Dylan Farrow en su carta que dejemos de premiar la carrera de su violador. Que dejemos de ver sus películas. Prácticamente nos exige que deje de gustarnos. ¿Pueden gustarme las películas de un (presunto) violador? ¿Estoy incurriendo en un lamentable caso de incongruencia con muchos de mis ideales? Peor aún: ¿soy un poco cómplice de su delito cada vez que me río con lo de “Claustrofibia y un cadáver, ¡el colmo de un neurótico!”? Supongamos que, en efecto, Woody Allen es un pedófilo y un violador. ¿Sería el mismo artista de no ser un puto enfermo mental? ¿Serían los mismos los diálogos de Annie Hall si su creador no tuviera, digamos, una tara mental? Sinceramente, lo dudo. Me temo que sea Woody Allen solamente un tipo rarito y excéntrico o un violador de niñas, estas características de su personalidad son determinantes en el desarrollo de su (a mi gusto) genialidad cinematográfica. Pero, ¿son los gustos personales motivo suficiente para desacreditar la obra (artística, intelectual, científica) de una persona? ¿Tiramos por la borda todos los textos clásicos griegos por estar escritos por gente que consideraba normal y saludable mantener sexo con niños? ¿Borramos el nombre del Marqués de Sade de los libros de historia porque era un tarado? ¿Dejamos, los físicos, de utilizar las Leyes de Newton porque Sir Isaac era un personaje turbio, retorcido y de moralidad dudosa? ¿Quemamos todos los ejemplares de La Colmena o de La Familia de Pascual Duarte porque Cela era un misógino y un facha de mierda? Aceptémoslo: si nos la cogemos con papel de fumar, solamente vamos a poder leer a Doris Lessing y las etiquetas de los champús.

Todo esto para decir que, aunque se demostrara que Woody Allen fue culpable de los crímenes de los que se le acusan, para mi ello no borraría la genialidad de sus obras. Aunque también es cierto que si en 1992 hubiera sido declarado culpable y encarcelado, Allen no habría podido ser autor de, como poco, la mayoría de las películas que firmó en los años 90. Eso borraría del mapa grandes ejemplos de su genialidad como Misterioso Asesinato en Manhattan (1993) o Poderosa Afrodita (1995), amén de que sin duda la cárcel habría cambiado para siempre al hombre y me atrevería a apostar de que ni una sola de las películas que ha hecho desde 1992 (es decir, más o menos la mitad de su filmografía, aunque no sus títulos más míticos) habría sido como las conocemos (podrían haber sido mejores, pero no lo sabemos).

Hasta aquí lo único que yo sabría decirle a Dylan Farrow sobre lo que nos pide en su carta. Sobre lo otro, sobre lo que es serio y grave… no sé qué decir. Muchos están comparando este caso con el de Polanski y no me parece del todo adecuado: en el caso de éste último hay una sentencia judicial firme contra él y un mogollón de amiguetes (entre ellos para mi vergüenza mi admirado Pedro Almodóvar) que piden que se le perdone al pobre (violador de mierda) solamente porque es un gran artista (ahem… no). En el caso de Woody Allen hubo un proceso judicial que no consiguió encontrar ni una sola prueba concluyente contra él. ¿Sobornó Allen a todos los implicados? Uno esperaría que 20 años después alguno se hubiera ido de la lengua, si ese hubiera sido el caso. Comparto la frustración de las feministas por lo difícil que es demostrar crímenes relacionados con el acoso o los abusos sexuales. No estoy segura d conocer una forma de mejorar el sistema, pero me temo que dar credibilidad absoluta a cada mujer que acusa a un hombre de violación tampoco lo sería. Es obvio que Dylan Farrow cree firmemente que ella no solo fue violada por Woody Allen, sino que éste la sometió a todo tipo de abusos antes de llegar a este último extremo. No encuentro palabras que no suenen vacías para expresar cuánto siento que ella se sienta así y cuánto espero que pueda superarlo en la medida de lo posible y llevar una vida rodeada de personas que le hagan sentir amada y feliz. Pero para enviar a una persona a la cárcel hacen falta pruebas. Y en este caso no las hay. No creo que pueda quitarme de la cabeza las dudas sobre Woody Allen de ahora en adelante, pero tampoco puedo autoconvencerme de que es culpable de algo cuya verdad solo conocen dos personas en el mundo: él y Dylan Farrow.

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Dos años sin

“Tu padre ha muerto”. Hacía frío pero mucho sol. Estás en el despacho y por un momento todo parece detenerse. Justo después, todo se acelera y al rato estás en una mesa con un señor muy amable eligiendo un ataúd. ¿Os habéis preguntado alguna vez en la vida en qué queréis que os entierren? Yo sí. Pero nunca pensé que también hubiera que elegir el color del barniz o el tamaño del crucifijo. Y mucho menos, no había trasladado la pregunta a mi padre. Así que ahí estás, con un vaso de agua y una cara de susto tremenda mirando un catálogo de ataúdes y coronas de flores. Creo que nunca jamás en mi vida me ha importado tanto el qué dirán, aún viniendo de gente a la que llevaba años, si no décadas, sin ver. No puede ser ni demasiado caro ni demasiado barato. Y una voz dentro de ti no para de gritar ESTO NO ESTÁ PASANDO. Pero sí. Tu padre ha muerto, eres lo único que queda de él en esta tierra y nadie va a elegir el ataúd por ti. Y, para colmo, cuando dos años después intentas sentarte a tener un diálogo sincero con tu corazón para escribir algo sobre el tema, lo primero que te viene a la mente es el puto ataúd.

Que ni siquiera soy capaz de recordar el modelo que elegí.

Después de aquello, un sinsentido de gente, tanatorios, familiares lejanos mirándote con cara de asco y amigos que dicen haberte conocido “cuando eras un cañamón” pero que, aunque sepan que no los vas a volver a ver, te tratan con unas dosis de cariño sorprendentes. En algún momento mis amigos se pasaron por allí. No sé, lo recuerdo todo vagamente. En algún momento organicé una misa, contraté a una cantante lírica, ayudé a sus amigos a colgar una bandera carlista junto al (puto) ataúd y lloré en un rincón sin saber muy bien si era el presente o el pasado lo que me dolía.

¿Por qué no escribí sobre entonces sobre él o sobre aquello? ¿Por qué no hace un año? ¿Por qué hoy? ¿Le echo de menos? Aunque para cuando murió ya habíamos enterrado el hacha de guerra, mi padre y yo teníamos una relación delicada. Suena desalmado por mi parte, pero mi vida es mucho más sencilla desde que él no está. Pero también veo noticias en la prensa que pienso que le gustaría comentar algún sábado por la tarde. No fue hasta hace un año que volví a entrar en un teatro de ópera, eso sí, con una especie de nudo que pasaba de la garganta al estómago como si en un partido de tenis se tratara. Ya no me molesta tanto cuando mi madre o yo nos damos cuenta de que reproduzco algunos de sus comportamientos y a veces hasta me parece entrañable compartir los rasgos de mi cara o la textura de mi pelo con él (hubo un tiempo en el que mi madre sabía que un “Eres igual que tu padre” era uno de los insultos más graves que me podía decir). Me cuesta bastante escuchar cualquier cosa de Mozart. Supongo que eso es echar de menos.

“A su manera te quería”, creo que fue la frase más repetida aquellos días. De él aprendí que casi todo está ya en El Quijote; que Aranda de Duero es el pueblo al que ir cuando quieres ir de fiesta, que ya nadie dirige como Celibidache; que cuando duermes en un albergue es recomendable meter la cartera en el propio saco de dormir; y un extraño sentido de lealtad hacia las causas perdidas. Me prestó uno de mis libros favoritos, El Jardinero Fiel, e insistió en que la edad no debía ser inconveniente para disfrutar de la música en directo. No supo orientarla de manera productiva, pero no creo que la música fuera parte de mi vida como lo es hoy de no haber sido por él. Era extraño, incongruente y bastante irresponsable. Le gustaban Mozart, la comida, el vino, las rancheras y el conocimiento. No tenía mucha imaginación pero sí muy buena memoria. Le costó admitir que su hija no sería abogada como él, o historiadora o alguna otra profesión de las que él denominaba “femeninas”; pero tampoco tardó en alardear de la inesperada carrera y la tesis que elegí ante sus amistades. Sé que estaba orgulloso de la persona en la que me estaba convirtiendo, sin necesidad de poner un “a su manera” delante. Del mismo modo que yo ya me permito echarle de menos. Aunque sea de vez en cuando.

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Es mi pelo y me lo follo como quiero

¿Recordáis aquella graciosa campaña de no depilarse en protesta por las políticas de George Bush? Fue SUPER útil para evitar que ganara la segunda vez :P

¿Recordáis aquella graciosa campaña de no depilarse en protesta por las políticas de George Bush? Fue SUPER útil para evitar que ganara la segunda vez :P

Contemplo desde la barrera todo el emergente movimiento en las redes sociales para animarnos a las féminas más arrojadas a abandonar nuestros hábitos depilatorios y abrazar la nueva onda del “donde hay pelo hay alegría”. Es decir, a dejarnos crecer alegremente los pelos de los sobacos, piernas, ingles y demás zonas escondidas de la geografía femenina. En las últimas semanas Twitter se ha inundado de fotos de féminas mostrando las pelambreras de sus axilas en autofotos de dudosa calidad. Todo vale: lo importante es que se vea la prueba: que la chica en cuestión lleva varios días sin pasar la cuchillita por ahí. Cito del artículo en Playground Magazine sobre el asunto:

La iniciativa surge de [una tuitera feminista muy conocida] como parodia de #Movember (hombres luciendo bigote): “se me ocurrió como apoyo a la compa [otra tuitera feminista muy conocida, aunque no tanto como la primera], cuyo avatar tuitero es una foto suya luciendo pelambre con orgullo. La pobre se enfrenta cada día a machirulos que le echan en cara sus pelos”.

La pobre. Lo que no mencionamos por ningún sitio es que “la pobre” también se niega a responder a cualquier persona que desde el respeto y la buena educación se acerque a preguntarle “Oye, ¿por qué lo haces?” o “¿Por qué haces de ello tu avatar en Twitter?” porque parece ser que, en lo que a pelos se refiere, preguntar es ofender. En cualquier caso, admito que la pobre en cuestión debe tener que leer cosas muy  desagradables y no la envidio nada por ello (esta última frase está exenta de ironía). De que así surge la iniciativa: nada de cuchillas en nuestros sobacos feministas.

He tomado esta ilustración prestada del blog www.airesdecambio.com

He tomado esta ilustración prestada del blog www.airesdecambio.com

- Pero… ¿por qué?

- ¡Joder, porque mola! ¿No está claro?

- ¿Mola? Llevar al aire los pelos de los sobacos… ¿mola?

- ¡Claro que mola! Las francesas lo han hecho siempre.

- ¿Entonces me tengo que aprender también la Marsellesa? ¿Ahora me cubre la seguridad social el fisioterapeuta? ¿Podré hablar de las denominaciones de origen de quesos sin que me miren como a una loca? ¡VIVA EL MATOJO!

- No te pases, ¿eh? Piensa: tu, ¿por qué te depilas?

- Esto… ¿para quitarme los pelitos de zonas de mi cuerpo en los que no me gusta verlos?

- ¡EL PATRIARCADO!

- ¿Qué pasa con el patriarcado?

- Claro, es el patriarcado el que pone esa cuchilla en tu mano.

- (Se mira la mano. Se mira el sobaco. Se vuelve a mirar la mano) ¿Ha entrado alguien en mi casa sin mi consentimiento? ¿Cómo sabes esto? ¿Por qué no llamas a la policía?

- ¡MACHIRULA! ¡NEOMACHISTA! ¡FACHA!

A lo que iba. Cuchilla. Maquinilla. Depilación láser. Cera. O pasar del tema. Parece ser que algunas famosas de Hollywood como Julia Roberts o Cameron Díaz se muestran partidarias de dejarse la pelambrera en las axilas y las ingles, respectivamente (en realidad por lo que leo Cameron Díaz está en contra de la depilación integral del vello púbico: entre eso y no depilarse en absoluto hay toda una gama de grises, creo yo). Y los faros del feminismo de Twitter parece ser que no quieren ser menos. Todo sea por el feminismo, claro que sí. ¿Por qué? Preguntar por qué es cosa de machirulos, amigas: aquí no hay porqués ni porcás que valgan. Lo dicen los faros del feminismo y punto.

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Y yo, qué quieren que les diga, cuando me abrí un blog personal hace años nunca pensé que acabaría hablando aquí de mis costumbres depilatorias. Pero resulta que sí (y parece que por algo de aclamación popular). Que hoy vengo a decir que me paso la cuchillita por las axilas cuanto menos una vez por semana y la epileidi por las piernas y las ingles cada dos o tres. Nada de depilaciones permanentes o totales en ningún sitio (nunca el dicho “ni tanto ni tan calvo” pareció venirme más a pelo): una depilación austera y casera que hago yo misma cuando puedo y/o quiero. Y que no pienso dejar de hacerlo. Y que no me creo por ello menos consciente de mis derechos, dueña de mis decisiones o segura con mi sexualidad o mi físico. Lo hago no solamente porque siempre lo he hecho (que también) o porque tenga una pareja a la que no le guste que esté sin depilar (que no): es sencillamente porque me gusta. Porque me gusta la sensación de tener las piernas suaves después de depilarme (repito: suaves para mi que, de mucho tiempo a esta parte, soy la única que las toca); porque nadie se fija en mis ingles cuando voy a la piscina a nadar salvo yo pero, si me fijo yo, quiero que me guste lo que veo y lo que me gusta es que estén libres de pelitos en las zonas que no cubre el bañador; y porque las axilas son un lugar en el que tiende a acumularse sudor que produce olores desagradables. Hay chicas con un olor corporal muy tenue: yo no soy una de ellas. Aunque por aquí hay gente que se está poniendo las botas a decir que no hay ninguna fundamentación higiénica en el tema de la depilación, en mi caso, y no me cabe duda de que en el de muchas otras chicas también, hay un tema de olor. Y yo soy muy de defender mis derechos y oler bien al mismo tiempo. Que se puede.

A mi a veces también me da pereza. Pero trato de no confundir esa sensación con la de tener una ideología. Si lo pensáis, son bastante diferentes.

A mi a veces también me da pereza. Pero trato de no confundir esa sensación con la de tener una ideología. Si lo pensáis, son bastante diferentes.

Llevo mi delirio a un último giro: “Machos: acostumbraos a la pelambrera” reza el título de uno de los artículos que he enlazado antes. Machos. Ahá. Y yo, que soy una de esas desviadas a las que les gustan las mujeres, ¿dónde encajo en todo esto? Nos tendremos que acostumbrar a la pelambrera todos y todas (el lenguaje inclusivo solo parece molar cuando no queremos hacer titulares de impacto). Amosdigoyo. ¿Y este “acostumbraos” implica “tiene que gustaros” o nos tenemos que acostumbrar a ello como a un mal pasajero, como los tangas o las chicas con el pelo teñido de azul (por cierto chicas: os queda fatal. Alguien os lo tenía que decir), sopena de que como digamos algo encima seremos lo peor de lo peor? Porque yo lo admito: aunque no rechazaría a una chica por no ir depilada (para rechazar chicas estoy yo), sinceramente me gusta más que lo esté. Ni más ni menos que por los mismos motivos por los que me gusta estarlo a mi y que, honestamente, no me parecen ni más ni menos fundamentados que los no-argumentos que está llevando esta gente del matojo feliz.

En resumen chicas: encuentro tantos buenos motivos para depilarse mucho, poco o nada como para no hacerlo. Sencillamente el gusto de cada una, el nivel de aceptación del propio cuerpo y la propia belleza y, en resumen, aquello que nos haga sentir más guapas y contentas con nosotras mismas. A mi lo que me gusta es ir depiladita, vaya a compartir o no mi piel con alguien. No hago de ello ni un drama ni una ideología porque, sencillamente, no creo que lo sea. Es una elección personal, tan sana y respetable como cualquier otra.

Y ya está. Eso es lo que pienso de este asunto.

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Orgullo

Mañana dejo la casa vacía de cara a un viaje de varios meses. Obviamente, en mi nevera no puede quedar nada más que aire y le daré, como otras veces, la comida que no haya llegado a comerme a mi madre. No porque mi madre necesite que yo le de comida sino porque no conozco a nadie en su sano juicio que disfrute tirando comida a la basura. Acabo de salir a hacer una cosa por el barrio y a la vuelta he encontrado a un anciano con las piernas muy delgadas (llevaba pantalones cortos) rebuscando en el cubo de la basura del portal de al lado de mi casa. He dudado unos instantes pero finalmente me he acercado, pensando en los dos huevos huevos, algo de queso, salchichas y yogures que quedan en mi desangelado frigorífico, a menos de medio minuto de la escena; y le he preguntado al señor, con toda la delicadeza de la que he sido capaz, si necesitaba algo de comida. El hombre me ha mirado indignado. “¿Qué pasa? ¿Quieres algo?” “No, le pregunto si NECESITA usted algo de comida. Como le he visto ahí (señalo el cubo)…” “¿Quieres algo? ¿No? Pues déjame en paz”, ha dicho visiblemente contrariado. Y, obviamente, le he dejado en paz.

Los ancianos rebuscando en la basura son una de las cosas que no voy a echar de menos mientras esté viviendo fuera. Supongo que en realidad están en todas partes. Pero en esta ciudad me los encuentro siempre.

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Un final para Dexter

Ante un ambiente de fascinación por la nueva mejor serie de la historia (tono irónico), ha acabado una de esas historias que con la tontería llevaba 8 años acompañándonos. Hablo, obviamente, del inocentón descuartizador de Miami que hace unos años estaba en las bocas y en los corazones de todos los aficionados a la televisión. Leo por Twitter que casi nadie está satisfecho con el devenir de esta última temporada del antiheroe y aún mucho menos con el final que se emitió este domingo. Que los personajes se han simplificado y que todo el mundo se ha puesto a cagar arcoiris son las acusaciones que más se repiten. Como si en estos 7 años Dexter hubiera sido una serie dura, compleja y sin concesiones al espectador. Tengo que admitir que me sorprende mucho esta reacción de loa aficionados ante una serie que ya desde su segunda temporada jugó sistemáticamente a tomar al espectador por tonto mientras, tampoco lo olvidemos, dicho espectador daba palmadas con las orejas.

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Dexter fue una serie maravillosa. Durante un año. Durante aquella primera temporada llena de tensiones, flashbacks, dilemas y sangre. La primera temporada de Dexter me pareció magistral: una combinación perfecta de protagonista carismático y desconcertante, secundarios graciosos, historia intrigante, buenos actores y desenlace emocionante. Un personaje de un psicópata frío, carente de sentimientos y empatía que se hacía creíble por la precisión de su inhumanidad y sobre todo por la interpretación de Michael C. Hall. Después de aquello, cuando a Dexter empezó a gustarle follar, la relación con Rita se volvió más seria y los trucos que había que emplear para que no le pillaran se volvían cada vez más rocambolescos, nada volvió a ser lo mismo. Dexter pasó a ser un mero entretenimiento que ponerme mientras me tomaba la cena los lunes y, a veces, ni eso.

La novia pirómana inglesa (menuda hostia tenía la chica), el fiscal cómplice (otro que tal bailaba) que se desmadraba y una Rita que empieza siendo un personaje rico, complejo, fascinante y que acabó siendo una esposa modelo, madre de tres fieras que lo único que hace es utilizar una panificadora. En la cuarta temporada de Dexter Rita estaba tan quemada, aportaba tan poco a la historia y era, directamente, tan hinchable a hostias, que se limitaron a matarla en un giro de guión sin pies ni cabeza, haciendo que un asesino que tiene un modus operandi claro y obvio se desvíe completamente de todas las bases que se le han puesto como personaje, matara a Rita sin razón aparente. Por aquel entonces, ya tres años después de la genialidad, mi desafección con Dexter era patente: la muerte de Rita marcó mi divorcio definitivo con la serie. Y no porque me gustara el personaje más o menos (era tan inútil que lo único que podían hacer era matarla), sino porque aquel giro demostraba la escasez de ideas en la que se movían los guionistas de la serie y la estupidez del espectador medio, que vitoreaba aquella temporada como la más impresionante de todas; cuando hasta la muerte de Rita (último minuto del último capítulo) no había pasado nada fuera de lo normal. Después de aquello vi la quinta temporada por pura inercia, con la sexta ni me molesté y en la séptima volví solamente porque alguien me comentó que, por fin, Debra se enteraba de todo.

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Ay Deb. Ahora que lo pienso, creo que he visto todas las temporadas que no fueran la primera solamente por ella. Y no solo porque Jennifer Carpenter me parezca muy guapa, que también, sino porque era el único personaje que evolucionaba y cambiaba pero sin que pareciera una esquizofrénica. Desde esa agente disfrazada de puta que vemos en el primer capítulo hasta el personaje torturado que es en la octava temporada pasan muchas cosas, la mayoría de las cuales son interesantes, realistas y que despiertan la simpatía del espectador. No era un secundario cargante como Masuka o una estirada de mierda como LaGuerta. Era el contrapunto cómico de Dexter y, en muchos momentos, el único detalle que hacía la serie soportable. Muchos se quejan de la estupidez de su novio intermitente, Quinn pero, seamos sinceros: esas chicas tan geniales siempre están con auténticos capullos. La vida es así, por mucho que nos fastidie. Por eso muchos creían que un hipotético spin-off de Dexter la tendría ella en el ojo del huracán.

En fin, que vienen los SPOILERS.

Pero, obviamente, eso ya no va a poder ser: Debra ha muerto, constituyendo ello una decepción más que una sorpresa para los espectadores. Y Dexter se acaba. A mi gusto, con seis o siete años de retraso, pero se acaba y de la peor manera posible: en medio de una especie de huracán mediático en el que todo el mundo habla de Breaking Bad y de lo mala que está siendo la última temporada de Dexter. Con esta serie, me temo, que la avaricia ha roto el saco: una temporada más aparte de la primera en la que se descubriera a Dexter de manera inevitable y punto. Pero, aparte de la avaricia, el principal problema era lo inevitable del final: lo lógico sería que Dexter fuera descubierto (preferiblemente por su hermana), pero ello solamente llevaría a un desenlace posible: la silla eléctrica. Y el espectador nunca estuvo dispuesto a ver a su adorado antihéroe pagar por sus crímenes. De modo que estando el final lógico descartado, los guionistas se pusieron a dar vueltas durante siete años sin saber nunca demasiado bien qué hacer. Convirtieron entonces Dexter en una especie de telenovela con momentos más o menos vergonzantes en la que el humor negro quedó sustituido por una suerte de melodrama que muchas veces no estaba del todo bien argumentado.

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Es por eso, creo yo, que me dispuse a ver esta temporada con buenos ojos. Bueno, por eso y por Yvonne Strahovski, para qué mentir. El caso es que lo he visto todo con la filosofía de “bueno, al menos esta vez sí que es el final” y como que me he enfadado menos que otras muchas personas. La octava temporada ha sido una serie de bandazos sin pies ni cabeza: Debra está enfadada, Debra intenta matarle, Debra le perdona; ahora me busco un aprendiz, ahora me matan al aprendiz; ahora tengo otra “madre” pero está como las maracas; ahora mi ex psicópata resulta que es una madraza y cocina que te cagas… sí claro, ni pies ni cabeza. Igual que la séptima temporada. Igual que el absurdo final de la quinta. Igual que el asesinato de Rita y un larguísimo etcétera de bandazos sin sentido que ha tenido Dexter en estos últimos años. Por algún motivo ignoto ahora hemos decidido que esas cosas nos van a molestar.

A mi me molestan cosas más retorcidas, como el miedo de los guionistas a explorar la enfermiza obsesión que tiene Debra con su hermano. Al fin y al cabo, realmente no son hermanos y podrían sin demasiado riesgo al menos haberlo tanteado un poco más. La situación era muy atractiva al menos para mi degenerada mente, pero eligieron enterrarlo todo haciendo aparecer a la novia perfecta para el psicópata. El personaje de Hannah nunca fue para tirar cohetes pero oye, al menos hicieron bien el casting. Así que nada, en lugar de eso hemos puesto a Hannah de niñera (habría que estudiar la necesidad constante que tiene Dexter de tener una mujer en su vida que se haga cargo de su hijo, por cierto) y a Deb la convertimos en su amiga del alma. Todo arreglado, después de vueltas y revueltas nos ponen un final feliz al alcance de la mano, todo el mundo dice “Pues vaya puta mierda, ¿por qué es todo tan feliz?” para luego arrebatárnoslo en un nuevo (y nada inesperado) giro en el que matan a nuestra favorita y Dexter, en un arrebato de culpabilidad, se priva a si mismo de la vida feliz que nos habían prometido.

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¿Mal? Sinceramente, me lo esperaba peor. Bueno no, los cromas durante todo el episodio final son absolutamente patéticos pero, aparte de eso, no estoy segura de que hubiera habido un buen final para Dexter. Es decir, no ahora. Cualquier cosa serían un pastiche sin demasiado sentido, como lo han sido estas temporadas. Sí que he de admitir que me habría gustado sentir algo más de… yo que sé, pena, cuando se ve que Debra va a morir y que todo se va a torcer de forma inevitable. Supongo que la indiferencia es máxima ya a estas alturas. Y casi que prefiero que maten a Debra: garantiza que no podrá haber spin-off y que todos los actores de la serie podrán dedicarse a otra cosa (espero, vaya). No es un buen final, pero es que hace muchos años que no era una buena serie. Ha estado más o menos a la altura de lo que esperaba pero, sobre todo, me alegro de que haya terminado.

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Carta abierta a los miembros del COI

Estimados e ilustres miembros del Comité Olímpico Internacional:

Cobri: sin duda la mascota que Madrid 2020 se merece

Cobri: sin duda la mascota que Madrid 2020 se merece

Les escribo esta carta a título personal con motivo de la inminente votación de mañana en Buenos Aires en la que se elegirá a la ciudad que albergará los Juegos Olímpicos de 2020. Soy madrileña, tengo veintitantos años, hago una tesis doctoral en física experimental, amo mi ciudad y mi país y tengo una cosa que pedirles: por favor, no elijan Madrid, mi ciudad, mi hogar, como sede para la Olimpiada de 2020.

No me malinterpreten, por favor, ilustres comisarios: no soy una de esas perroflautas que piensan que las retransmisiones deportivas son el opio del pueblo. Ay, si solamente ese fuera mi problema… Pero no, señores comisarios: soy la primera que disfruta de un buen partidito de fútbol, basket o tenis de vez en cuando en su sofá con una cervezita y unos amigos. Además, desde que en 1992 mis padres me sentaron delante de la tele para ver la retransmisión de la inauguración de las olimpiadas de Barcelona, tampoco ha habido cita olímpica que no haya seguido en sus retransmisiones televisivas, puede que no tanto porque me apasione el waterpolo sino porque en agosto hay poco que ver. Obviamente tampoco es que esté completamente de acuerdo con su forma de promocionar el deporte y no vivo tachando días en el calendario para la próxima ceremonia de inauguración de los Juegos Olímpicos pero no es ese mi problema: dos entrañables semanas en las que los mejores deportistas del planeta dan lo mejor de sí en nuestros televisores y, con un poco de suerte, arrastran a algunos jóvenes a apuntarse a la escuela deportiva más cercana. No señores no, a mi me gusta bastante el espíritu olímpico, me gusta el deporte y hago mis pinitos  en el gimnasio y la piscina como cualquier hijo de vecino dos o tres veces por semana, según mi trabajo me lo permita.

Es más, amo mi ciudad y me gusta el deporte: siempre he soñado con que la ciudad que me ha visto crecer llegue a ser un día la sede de unas magníficas olimpiadas. Pasará, lo sé, algún día, y lo veré con el corazón henchido de alegría y orgullo. Pero no estas. No quiero que Madrid sea sede de los Juegos Olímpicos de 2020. Hay diversos motivos en los que me gustaría basar mi petición y les rogaría que los leyeran y consideraran detenidamente, que piensen severamente en todos y cada uno de ellos cuando en la votación de mañana tengan que decantarse por una u otra candidatura.

  • No sé si han visto ustedes los informativos en los últimos, no sé, tres años, señores comisarios. Pero podría ser que no, así que se lo comento: España, país del que Madrid es capital, lleva algunos años sumida en una crisis económica de dimensiones muy difíciles de describir. Tenemos más de un 25% de la población activa desempleada y un éxodo masivo de jóvenes al extranjero en busca de trabajo. Nuestras universidades no tienen dinero ni para encender la calefacción y no pasa año sin que los presupuestos de nuestros programas científicos, culturales y deportivos sean mermados. Este fenómeno se reproduce a nivel nacional, regional y local: muchas de nuestras instituciones se encuentran en quiebra. De verdad, señores comisarios, en este país tenemos que sacar a muchas familias de la pobreza antes de ponernos a pensar, organizar y disfrutar unas olimpiadas.
  • Sería un bonito gesto hacia el mundo musulmán conceder las olimpiadas a Estambul: una ciudad a la que le falta un evento de estas características para poner a punto sus características como gran capital europea. No ha habido olimpiadas en países musulmanes y, en cambio, la última edición celebrada en Europa está aún muy reciente.

En este agujero estaba el polideportivo de mi barrio. Ahora lo gestionan unas personas vegetarianas muy amables. He tomado la fotografía de su Flickr.

  • A mi humilde entender, la finalidad tanto de los juegos como del espíritu olímpico es fomentar el deporte en todos los niveles de la sociedad. No concebiría que se organizaran unas olimpiadas en una ciudad en la que todos y cada uno de sus habitantes no tengan acceso sencillo y a un precio asequible a una amplia gama de deportes que les permitan desarrollar una vida saludable. Lamento informarles de que en Madrid este no es el caso. Sin ir más lejos les pongo el ejemplo de mi barrio, La Latina, un distrito muy céntrico en el que hasta hace 4 años teníamos un pequeño polideportivo municipal con piscina cubierta encargado de cubrir las necesidades deportivas de prácticamente toda la población de la zona centro de la capital. Pues verán, señores comisarios, el espíritu olímpico de nuestro ayuntamiento derribó nuestro pequeño polideportivo con la promesa de que se construiría nosequé pabellón para nosequé olimpiada. Hoy es un agujero tan abandonado de la mano de Dios que hace dos años una asociación de vecinos consiguió la gestión del espacio para convertirlo en un huerto urbano, teatro al aire libre y cancha para que los niños jueguen al fútbol. Los habitantes de La Latina y la zona centro tenemos que ir al polideportivo de Arganzuela, el barrio de al lado que, aunque está bastante bien, no da abasto con tantas personas, de modo que te puedes encontrar nadando con 12 personas en tu misma calle sin dificultad. No sé si a ustedes les gusta nadar, señores comisarios, pero a mi si, y nadar con otras 12 personas, todas de diferentes edades y condiciones físicas, en una misma calle, es una política muy desaconsejable para fomentar el deporte. Además me veo en la obligación de informarles, porque probablemente esto no venga en su dossier olímpico, que el polideportivo de mi barrio no es el único que ha pasado por un proceso así: otro céntrico barrio de la capital, Chamberí, vio su polideportivo reducido a escombros hace unos años y ahora va a ser sustituido por un gimnasio de lujo de gestión privada. Pero, hey, los vecinos de Chamberí son afortunados: hace ya casi 8 años que pueden practicar su swing (o como coño se diga) en el campo de golf de gestión privada que se construyó sobre terrenos de la compañía de aguas municipal (o sea, terrenos propiedad de los madrileños) y cuya legalidad todavía pende de un hilo en los tribunales. Como pueden ustedes observar, señores comisarios, Madrid es una ciudad que dista de ser la adecuada para llevar una vida deportista y saludable como la que predica el espíritu olímpico.
  • La falta de habilidad y/o interés de nuestro ayuntamiento para desarrollar buenas políticas deportivas para sus ciudadanos también se muestra claramente en lo que al ciclismo se refiere en nuestra ciudad. Verán ustedes, vivimos en el año 2013 en el que muchas de las grandes ciudades de Europa cuentan con sofisticados y exitosos sistemas de alquiler público de bicicletas y en nuestra ciudad dicha opción lleva años siendo sistemáticamente despreciada por el consistorio. No importa que tengamos un clima templado y soleado, ideal para ir en bici, o que los atascos sean tan enormes a diario en la ciudad que fomentar el uso de la bicicleta parezca de puro sentido común: solamente hace menos de un año se implementó un carril-bici por la zona centro, y la verdad es que su trazado y ejecución han demostrado ser bastante deplorables. Madrid es una ciudad abiertamente enemistada con el ciclismo, uno de los deportes más importante de las olimpiadas, si no me equivoco.

En esta foto sacara por mi las pasadas navidades se aprecia lo chapucero de la implementación del carril bici en el centro de nuestra ciudad

  • Estoy segura de que el dossier y el proyecto que nuestra alcaldesa, Ana Botella, les ha presentado, pinta magnífico. Pero como madrileña les voy a contar algo que ustedes no tendrían por qué saber, pero necesitan saber: los miembros del ayuntamiento de Madrid mienten. Llevan años mintiéndonos a los ciudadanos: prometiendo servicios y prestaciones que no llegan jamás, empeorando día tras día la calidad de vida de los madrileños, despreciando servicios básicos como el transporte público, los comedores escolares o los polideportivos y bibliotecas municipales. Ustedes no lo saben y por eso se lo advierto: estas personas les están mintiendo. Lo que dicen hoy que cuesta 100 dentro un año va a haber su incrementado su precio a 125 y para cuando se termine va a haber quedado en 160 o 170. Y se lo van a hacer pagar a ustedes y a nosotros. Y es probable que parte del sobrecoste haya ido a parar a las manos y bolsillos de algún amigo del consistorio a través de alguna trama de corrupción en la que, estoy segura, ustedes no se quieren ver involucrados. Se lo digo, como madrileña: las personas que les están vendiendo Madrid 2020 no son de fiar. Son estafadores que ya han timado a otras personas. Su modus operandi es prometer grandes infraestructuras, construirlas a toda prisa para que estén finalizadas en un solo ciclo electoral y acelerar la obra a base de intensificarla, encarecerla y pagar los sobrecostes a golpe de crédito que tendrán que pagar varias generaciones de madrileños. Lo han hecho otras veces y nada les impide volver a hacerlo. No dejen que les timen a ustedes.

Espero, señores comisarios, que esta carta no se les haga excesivamente tediosa. Ruego al cielo que hayan podido ustedes encontrar tiempo suficiente para leerla por completo y que les mueva, cuanto menos, a una reflexión crítica. Aún tienen tiempo, señores comisarios: reflexionen sobre su voto. Tienen algo más de 24 horas. Como ciudadana, como deportista y como madrileña se lo ruego: no nos den los Juegos Olímpicos ahora. Sencillamente no sabríamos qué hacer con ellos.

Fdo: Una madrileña que lo único que quiere es una piscina municipal utilizable a menos de 30 minutos de su casa.

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No puedes obligarme a que me guste

Empecemos por el principio. Yo tengo un blog de música. Se llama bSides y tiene algo más de un año de vida. En él unas pocas personas (ojo, personas, blogueros, no somos periodistas) con mucho interés por la música compartimos nuestras opiniones sobre discos y conciertos. A veces nos acreditan para cosas. No siempre, ojo, digo a veces. Otras veces nos pagamos nuestra entrada y asistimos a los conciertos con normalidad. Hay de todo. No es fácil conseguir que a uno le acrediten para conciertos: hay que echar muchas horas del propio tiempo libre en el blog para conseguir que, con el paso de los meses, le permitan a uno ir a sacar fotos, por ejemplo, de un grupo tocando en directo. Es muy satisfactorio, eso sí, cuando la gente empieza a apreciar tus opiniones y/o tus fotografías. Pero hay un problema: parece que cuando te permiten entrar gratis a algo, automáticamente ese algo te tiene que parecer gloriosamente maravilloso. A mi me encantaría que todos los conciertos a los que voy me parecieran la hostia. Pero no puede ser: voy a muchos, de los cuales un, yo que sé, 70% me gustan, un 20% me parecen la leche, y un 10% acaban siendo una pérdida de tiempo.

Yo tengo un blog, en el que opino e informo. Yo sé que para los periodistas que una indocumentada como yo pueda hacer eso es una putada pero, amigos, es lo que hay. Ese blog tiene lectores. No muchos, lo acepto, pero alguien lee. Aunque no estudié periodismo me llega el raciocinio para entender que quien me lee lo hace porque considera mi opinión, cuanto menos interesante. Asumo que si alguien lee lo que yo escribo es porque confía minimamente en mi sinceridad, que piense que mi opinión no se puede comprar con una entrada gratis. Si quien lee lo que escribo lo hace, debe ser porque, creo yo, sabe que si algo me gusta voy a ser entusiasta con ello; pero si algo no lo hace, no lo voy a callar. Siempre dejando muy claro que es mi opinión, es mi percepción, pero es lo que quienes entran al blog parecen estar dispuestos a leer. Hay muchos blogs de música (por hablar del campo que mejor conozco) que se limitan a copiar notas de prensa y a decir que todo estuvo genial. Yo no puedo, yo no soy así. bSides no va de eso: va de analizar, argumentar,  comprender y opinar. Salvo una vez (el último disco de Keane) en bSides no nos hemos dedicado a decir cosas feas de discos o conciertos solamente por el puro placer de despedazarlos: soy la primera a la que le jode ir a un concierto y que no me guste, vaya o no como invitada. Muchas veces nos llega material de grupos nuevos que no reseñamos porque no encontramos muchas cosas buenas que decir de él y, macho, para un grupo que está empezando, hacer una mala crítica, pues no: mejor no decimos nada y nadie sale herido. Tratamos de ser razonables.

Hace 10 días me encontré con que estaba acreditada para un concierto de Miss Caffeina en Madrid. Es un grupo del cual había hablado bien en el blog y esperaba un concierto entretenido pero, desgraciadamente, a la hora de la verdad, me aburrí como una ostra. Cuando llegué a casa y procesé mis fotos lo hice dándole vueltas a todo esto que acabo de exponer: el concierto me había parecido malo. Pero estaba acreditada. Pero el concierto me había parecido malo. Pero estaba acreditada. Y así un buen rato. Al final llegué a la conclusión de que mi crítica no truncaría la carrera de un grupo que ya se encuentra en plena ascensión meteórica al estrellato y decidí ser sincera. Ni que decir tiene que se me llenaron los comentarios de trolls que aludían a mis frustraciones sexuales como explicación para mi mal gusto musical; pero es que hasta el guitarrista del grupo llegó a decirme por Twitter que para qué había ido si a mi su música nunca me había gustado (cosa falsa, repito que había reseñado favorablemente su último disco unas semanas antes, aunque ellos no habían hecho ni pajolero caso a dicho post). Yo comprendo que es tu música, es tu concierto y que te jode que diga que tu cantante estuvo hora y pico inmóvil y con cara de seta. Pero lo que no voy a hacer es llenar el post de vaguedades para disimularlo.

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Pero mi caso es nimio cuando lo comparamos con lo que tuvimos que contemplar ayer algunos tuiteros por parte de uno de los directores del Primavera Sound, Gabi Ruiz (@gabiruizps). Resumiendo: en El Confidencial un periodista (que había sido acreditado por la organización del festival para reseñar el desarrollo de éste) hizo una reseña algo negativa sobre la última jornada del festival barcelonés en la que destacaba la crítica que hacía sobre DJ Coco, encargado de cerrar el festival y que, parece ser, llevó a término una sesión poco satisfactoria para varios asistentes al evento (ojo, yo no fui al Primavera, así que no opino sobre ello). Parece ser que el tal Gabi Ruiz se tomó como un ataque personal la opinión del periodista que, tal y como yo lo veo, estaba cumpliendo con su obligación para con sus lectores. Todo ello desembocó en una discusión en Twitter en la que el tal Gabi Ruiz (que, ojo, se presenta en su Twitter  públicamente como uno de los organizadores del Primavera Sound, no como personaje anónimo ni nada así) empezó a insultar a gente a diestro y siniestro, llegando a sonar cosas como “niño pijo de los cojones“, “rojos de sainete” o “tarado”. A personas comentamos lo poco adecuado de sus palabras a través de nuestras cuentas nos dijo, literalmente, “calláramos la boca” porque éramos unos “ignorantes“. Toda esta ristra de insultos (ojo, de una persona cuya imagen representa un poquito al festival) porque primero, un periodista emitió una opinión sincera y razonada, basada en su experiencia y, segundo, porque unos tuiteros opinaron que insultar de ese modo está feo.

Obviamente, todo esto me ha hecho reflexionar. Hay una regla no escrita: yo hablo de tu evento antes de que suceda, lo promociono, lo muevo como mejor me parezca, en resumen, te llevo clientes y a cambio tu me acreditas para disrutarlo. Pero es que además aspiras a que después yo diga que ha estado de reputísima madre. Es más, pobre de mi como diga lo contrario. Aunque haya sido una cagada sideral. Da lo mismo, tengo que decir que fue el concierto del siglo. No, lo siento pero no. No puedo, no soy periodista, soy bloguera, pero sé que esto no va de eso. En efecto, trataré de promocionar tu evento, iré a presenciarlo con la mejor predisposición posible, sacaré las mejores fotos de que sea capaz, me quedaré despierta hasta tarde procesándolas, poniéndolas bonitas, mimándolas y subiéndotelas. También me quedaré hasta tarde escribiendo la reseña, intentando que esté a la mañana siguiente para que tu evento tenga gran repercusión. Te haré llegar todo este material, te ofreceré mis fotos, los originales de éstas, te diré que tengo más por si las quieres y te diré que eres completamente libre de usarlas para lo que te sea conveniente, faltaría más, solamente dí que las he hecho yo, más que nada porque me hace ilusión. Lo haré a pesar de que puede que si lo que he escrito no es exactamente lo que quieres leer (mencionar que, por ejemplo, una canción no fue tan brillante, a pesar de que la crítica sea globalmente positiva) tu vas a hacer como si no hubieras recibido nada de eso, me vas a ignorar maleducadamente. Pero no te puedo prometer que me guste. Eso no me lo puedes pedir. No te voy a hacer una promesa que no puedo cumplir. Si me gusta, eso sí, lo voy a decir, con pelos y señales, y me partiré el pecho por tu evento, por tu grupo o por lo que sea. Pero no te puedo prometer que me vaya a gustar, por muy predispuesta que vaya. Así que no me lo pidas ni me lo exijas. Si piensas hacerlo, no me acredites. Prefiero pagarlo de mi bolsillo. De verdad.

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Celebra el Día de la Mujer con un aumento de pecho por 38 euros

Llevaba yo unos días preguntándome si llegado hoy, 8 de marzo, Día de la Mujer Trabajadora, se me habría ocurrido algo interesante, inteligente o al menos divertido que escribir en este blog sobre el tema. Por Dios, soy una feminista, una orcobollera de pro, una twittera y bloggera con cierto público. ¡Algo se me tenía que ocurrir! Pero no, cuando anoche me fui a la cama todo parecía perdido. Mi patético cerebro de rubia no había encontrar ni una sola cosa inteligente que decir que no se hubiera dicho ya antes. Con esta desolación me fui a la cama. Ah, pero amigos, hete aquí cuando me he despertado y he venido al trabajo, la realidad me ha regalado eso que tanto estaba deseando: algo gracioso, que no demasiado intelligente, sobre lo que escribir. Porque según me bajaba del autobús para entrar al trabajo, recibía en mi smartphone el correo diario de Planeo, una de esas webs de descuentos que a veces me gusta curiosear por si encuentro alguna bandeja de sushi a mitad de precio. Y mi sorpresa ha sido mayúscula cuando he leído el siguiente asunto:

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Como estaba en la calle no he podido golpear el teclado correctamente con la frente. Pero no os preocupéis: lo hago ahora.

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Bien, ahora con todas las teclas y rugosidades del teclado bien marcadas en mi frente me siento con fuerzas para darle a “mostrar imágenes” y bucear entre las innumerables ofertas que el correo de hoy contiene hasta dar con aquella que contiene toda la sabiduría y fuerza que necesito para celebrar una fecha tan señalada como la de hoy.

Captura de pantalla 2013-03-08 a las 09.21.15

Diosa, ¿será verdad? ¿Podré tener unas tetas perfectas sin necesidad de pasar por el cirujano ni de usar engorrosas y antiestéticas fajas? Cuando se lo cuente a mi director de tesis no va a caber en sí de gozo. ¡Qué forma más maravillosa de celebrar el Día de la Mujer! Hace 100 y poco años a una trabajadoras de una fábrica de textiles las quemaron vivas en su fábrica por exigir a su patrón librar los domingos y yo ahora, gracias a todos los avances que otras han conseguido por mi, puedo conseguir unas tetas más duras y voluminosas en su memoria. ¡Como las de la señorita de la foto! Nunca pensé que un aumento de pecho pudiera hacerme tan feliz.

Por lo tanto, oh sí amigos, pienso en el infinito número de posibilidades de éxito social y laboral que unas tetas mejor contorneadas, más vistosas y, ante todo, voluminosas, me van a ofrecer. Y, como no podía ser de otro modo, hago clic en VER AHORA. Estoy un pasito más cerca del éxito, oh sí, puedo sentirlo. (A continuación os adjunto una captura de pantalla con las condiciones del cupón, más que nada porque como son ofertas a corto plazo, probablemente el link deje de existir dentro de unos días)

Captura de pantalla 2013-03-08 a las 09.40.16

¿Podéis creerlo? A base de mejunjes y masajes mis tetas no solo estarán más relajadas, sino que habré aumentado ¡una talla! de sujetador. No quepo en mi de gozo. Literalmente, porque tendré que renovar mis sujetadores. Da lo mismo, de este modo mato dos pájaros de un tiro: por un lago, mis nuevas y reafirmadas tetas harán que todos los hombres de mi trabajo me miren con renovado respeto, que mis opiniones sean escuchadas y tenidas en cuenta y que los apretones de mano sean fuertes y sinceros; por el otro, consigo todas estas maravillosas mejoras sin necesidad de pasar por el cirujano, que no es que eso me moleste, pero es que las orcobolleras con las que me acuesto bromean frecuentemente con la frase “Tetas de goma: tocada una, tocadas todas”, y no quiero que una bollera que no es capaz ni de depilarse los sobacos ridiculice mis tetas. No, todo natural. Todo maravilloso. Todo perfecto.

Y así, amigos y amigas, se celebra correctamente el Día de la Mujer Trabajadora, ese 8 de marzo en que las mujeres con dos dedos de frente nos quitamos los sujetadores, soltamos las fregonas y bajamos a la calle a dar rienda suelta a nuestros impulsos más feminazis a base de gritos, tamboradas y pancartas. Nos felicitamos por los logros conseguidos, y nos entristecemos por los que parecen no llegar nunca. Y nos sometemos a un tratamiento que nos aumenta el volumen de las tetas. Solo por si acaso este tiene algún tipo de consecuencia positiva en nuestra vida social, laboral, emocional o sexual. Porque eso es lo que somos las mujeres: máquinas de parir criaturas, poner lavadoras cuya habilidad para la supervivencia se mide en tallas de sujetador y número de copa. No hay más comentarios, chicas. A las que vayáis esta tarde a la manifestación de Madrid, por ahí andaré. A las demás, pues feliz 8 de marzo.

Bonus: Me ha picado la curiosidad por eso del peeling ultrasónico y de fitoestrógenos. Aunque sé algo de biología, lo de os fitoestrógenos no lo había oído mencionar en la vida, así que le he preguntado a la señora Wikipedia qué demonios era eso. Parece ser que son estrógenos de origen vegetal y que se ingieren en pequeñas cantidades en nuestra alimentación, pero cuyos efectos no están nada claros. Eso sí, para las tetas deben ir re-que-te-di-vi-nos.

Re-bonus: Por si fuera poco, la gente de Youzee me acaba de mandar un correo invitándome a celebrar el 8 de marzo viendo la segunda parte de Amanecer, una de las películas de la Saga Crepúsculo, que es bien conocida por ser haber fomentado entre las jovencitas un modelo de mujer sumisa e idiota que solo sirve para ser follada brutalmente. Seguro que Amazon me manda dentro de un rato un correo invitándome a comprar Cincuenta Sombras de Grey, como si no hubiera suficiente literatura feminista que consumir. En fin, que el próximo Día de la Ciencia lo celebraremos con un congreso sobre viajes astrales; y el Día del Padre, con una buena hostia bien dada. Total, es lo que se estila. ¿No?

Captura de pantalla 2013-03-08 a las 11.07.50

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Por qué voy a dejar de comprar en Mercadona

Poco hay que decir acerca del asunto de los sobres que no se haya dicho ya. Que eran sobornos, puros y duros, y que los dirigentes del gobierno nacional y de los de varias comunidades autónomas los han aceptado y, por supuesto, no los han declarado al fisco. Todo el tema en si es apestoso, no creo que vaya a ser capaz de aportar nada a la discusión. También soy muy consciente de que cuando el PP ganó las generales con mayoría absoluta en 2011, los españoles en realidad habíamos elegido meter a Alí Baba y sus cuarenta ladrones en el Palacio de la Moncloa. Francamente, opino que a quién esto le pille por sorpresa, es porque es sencillamente gilipollas.

En realidad solamente hay un aspecto de esta historia que me ha sorprendido. No es que me haya desagradado más o menos, solo que no me lo esperaba: entre los nombres de presidentes de empresas constructoras que figuran en la lista de donantes que ayer El País desveló al público figura el nombre de una empresa que no se dedica al ladrillo: Mercadona. Según El País, la cadena de supermercados levantina realizó dos donaciones al Partido Popular: una de 90000 euros en 2004 y otra de 150000 en 2008. ¿A  cambio de qué? Ni lo sabemos ni creo que lo sepamos nunca. Pero una cosa me queda completamente clara: nadie mete 240000 euros en la cuenta de un partido político sin esperar nada a cambio. Ese casi cuarto de millón de euros es un soborno puro y duro. Y tan malos como los políticos corruptos creo yo que son los empresarios corruptores.

Mercadona

Mercadona desmintió ayer a través de su cuenta de Twitter que haya dado ningún dinero al PP. Para mi es demasiado tarde: la credibilidad de una empresa a la que admiraba, a pesar de algunos intentos de boicot que no veía del todo justificados, y cuyos productos consumía con gusto ha quedado en entre dicho. Como consumidora, Mercadona ha pasado a convertirse en un emporio dirigido por empresarios implicados en tramas de corrupción. Me jode, porque compro muchas cosas ahí pero me temo que a no ser que se demuestre que toda esta historia es una falacia (hay momentos en los que pienso que su austera política publicitaria convierte a esta empresa en blanco fácil de las iras de la prensa, pero en esta ocasión las pruebas parece bastante contundentes), voy a dejar de hacerlo en la medida de lo posible. Es la única forma que se me ocurre ahora mismo, que no hay elecciones cerca, de manifestar mi rechazo hacia la corrupción.

Porque al fin y al cabo las firmas que se recojan por internet, rara vez valen algo, sean cien, mil o un millón. Firmar en change.org no implica nada para el firmante: no te sacrificas, no arriesgas. No haces nada. Para mi dejar de comprar en Mercadona es una verdadera jodienda porque hay productos que realmente me gustan y que ahora mismo no me apetece sustituir. Pero me parece que lo más coherente con mis ideas es no comprar en un comercio sobre el que se cierne la sombra de la corrupción. Obviamente, si soy yo la única que deja de comprar en Mercadona al menos hasta que se aclare lo que ha sucedido y, en caso de ser necesario, se les juzgue y multe por sobornar a políticos; será bastante inútil. Si somos 10, será un poquito menos inútil. Que cien personas que compran habitualmente en Mercadona dejen de hacerlo por su rechazo a la corrupción empieza a ser algo. Mil pica. Diez mil escuece. Cincuenta mil duele. Y cien mil, directamente, jode. Muchísimo más que cien mil firmas en change.org, que se diluyen en la mente del firmante tan rápido como cierra la pestaña del navegador.

Pensadlo: si hay una forma de parar esto, si tenemos algún tipo de poder, es dándole dónde les duele a los corruptos y a los corruptores. No puedo evitar pisar un edificio construido por alguna de las empresas de la trama Gürtel. Pero sí puedo evitar comprar en una cadena de supermercados si sus dueños han sobornado al principal partido conservador del país. Esto no enmendará de ningún modo el mal que ya hayan hecho los directivos de Mercadona. Pero, si fuéramos los suficientes los que lo hiciéramos, tal vez haría que se lo pensaran dos veces la próxima vez que se les ocurriera dejar un sobre en la calle Génova.

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