No puedes obligarme a que me guste

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Empecemos por el principio. Yo tengo un blog de música. Se llama bSides y tiene algo más de un año de vida. En él unas pocas personas (ojo, personas, blogueros, no somos periodistas) con mucho interés por la música compartimos nuestras opiniones sobre discos y conciertos. A veces nos acreditan para cosas. No siempre, ojo, digo a veces. Otras veces nos pagamos nuestra entrada y asistimos a los conciertos con normalidad. Hay de todo. No es fácil conseguir que a uno le acrediten para conciertos: hay que echar muchas horas del propio tiempo libre en el blog para conseguir que, con el paso de los meses, le permitan a uno ir a sacar fotos, por ejemplo, de un grupo tocando en directo. Es muy satisfactorio, eso sí, cuando la gente empieza a apreciar tus opiniones y/o tus fotografías. Pero hay un problema: parece que cuando te permiten entrar gratis a algo, automáticamente ese algo te tiene que parecer gloriosamente maravilloso. A mi me encantaría que todos los conciertos a los que voy me parecieran la hostia. Pero no puede ser: voy a muchos, de los cuales un, yo que sé, 70% me gustan, un 20% me parecen la leche, y un 10% acaban siendo una pérdida de tiempo.

Yo tengo un blog, en el que opino e informo. Yo sé que para los periodistas que una indocumentada como yo pueda hacer eso es una putada pero, amigos, es lo que hay. Ese blog tiene lectores. No muchos, lo acepto, pero alguien lee. Aunque no estudié periodismo me llega el raciocinio para entender que quien me lee lo hace porque considera mi opinión, cuanto menos interesante. Asumo que si alguien lee lo que yo escribo es porque confía minimamente en mi sinceridad, que piense que mi opinión no se puede comprar con una entrada gratis. Si quien lee lo que escribo lo hace, debe ser porque, creo yo, sabe que si algo me gusta voy a ser entusiasta con ello; pero si algo no lo hace, no lo voy a callar. Siempre dejando muy claro que es mi opinión, es mi percepción, pero es lo que quienes entran al blog parecen estar dispuestos a leer. Hay muchos blogs de música (por hablar del campo que mejor conozco) que se limitan a copiar notas de prensa y a decir que todo estuvo genial. Yo no puedo, yo no soy así. bSides no va de eso: va de analizar, argumentar,  comprender y opinar. Salvo una vez (el último disco de Keane) en bSides no nos hemos dedicado a decir cosas feas de discos o conciertos solamente por el puro placer de despedazarlos: soy la primera a la que le jode ir a un concierto y que no me guste, vaya o no como invitada. Muchas veces nos llega material de grupos nuevos que no reseñamos porque no encontramos muchas cosas buenas que decir de él y, macho, para un grupo que está empezando, hacer una mala crítica, pues no: mejor no decimos nada y nadie sale herido. Tratamos de ser razonables.

Hace 10 días me encontré con que estaba acreditada para un concierto de Miss Caffeina en Madrid. Es un grupo del cual había hablado bien en el blog y esperaba un concierto entretenido pero, desgraciadamente, a la hora de la verdad, me aburrí como una ostra. Cuando llegué a casa y procesé mis fotos lo hice dándole vueltas a todo esto que acabo de exponer: el concierto me había parecido malo. Pero estaba acreditada. Pero el concierto me había parecido malo. Pero estaba acreditada. Y así un buen rato. Al final llegué a la conclusión de que mi crítica no truncaría la carrera de un grupo que ya se encuentra en plena ascensión meteórica al estrellato y decidí ser sincera. Ni que decir tiene que se me llenaron los comentarios de trolls que aludían a mis frustraciones sexuales como explicación para mi mal gusto musical; pero es que hasta el guitarrista del grupo llegó a decirme por Twitter que para qué había ido si a mi su música nunca me había gustado (cosa falsa, repito que había reseñado favorablemente su último disco unas semanas antes, aunque ellos no habían hecho ni pajolero caso a dicho post). Yo comprendo que es tu música, es tu concierto y que te jode que diga que tu cantante estuvo hora y pico inmóvil y con cara de seta. Pero lo que no voy a hacer es llenar el post de vaguedades para disimularlo.

Captura de pantalla 2013-05-29 a las 10.46.15

Pero mi caso es nimio cuando lo comparamos con lo que tuvimos que contemplar ayer algunos tuiteros por parte de uno de los directores del Primavera Sound, Gabi Ruiz (@gabiruizps). Resumiendo: en El Confidencial un periodista (que había sido acreditado por la organización del festival para reseñar el desarrollo de éste) hizo una reseña algo negativa sobre la última jornada del festival barcelonés en la que destacaba la crítica que hacía sobre DJ Coco, encargado de cerrar el festival y que, parece ser, llevó a término una sesión poco satisfactoria para varios asistentes al evento (ojo, yo no fui al Primavera, así que no opino sobre ello). Parece ser que el tal Gabi Ruiz se tomó como un ataque personal la opinión del periodista que, tal y como yo lo veo, estaba cumpliendo con su obligación para con sus lectores. Todo ello desembocó en una discusión en Twitter en la que el tal Gabi Ruiz (que, ojo, se presenta en su Twitter  públicamente como uno de los organizadores del Primavera Sound, no como personaje anónimo ni nada así) empezó a insultar a gente a diestro y siniestro, llegando a sonar cosas como “niño pijo de los cojones“, “rojos de sainete” o “tarado”. A personas comentamos lo poco adecuado de sus palabras a través de nuestras cuentas nos dijo, literalmente, “calláramos la boca” porque éramos unos “ignorantes“. Toda esta ristra de insultos (ojo, de una persona cuya imagen representa un poquito al festival) porque primero, un periodista emitió una opinión sincera y razonada, basada en su experiencia y, segundo, porque unos tuiteros opinaron que insultar de ese modo está feo.

Obviamente, todo esto me ha hecho reflexionar. Hay una regla no escrita: yo hablo de tu evento antes de que suceda, lo promociono, lo muevo como mejor me parezca, en resumen, te llevo clientes y a cambio tu me acreditas para disrutarlo. Pero es que además aspiras a que después yo diga que ha estado de reputísima madre. Es más, pobre de mi como diga lo contrario. Aunque haya sido una cagada sideral. Da lo mismo, tengo que decir que fue el concierto del siglo. No, lo siento pero no. No puedo, no soy periodista, soy bloguera, pero sé que esto no va de eso. En efecto, trataré de promocionar tu evento, iré a presenciarlo con la mejor predisposición posible, sacaré las mejores fotos de que sea capaz, me quedaré despierta hasta tarde procesándolas, poniéndolas bonitas, mimándolas y subiéndotelas. También me quedaré hasta tarde escribiendo la reseña, intentando que esté a la mañana siguiente para que tu evento tenga gran repercusión. Te haré llegar todo este material, te ofreceré mis fotos, los originales de éstas, te diré que tengo más por si las quieres y te diré que eres completamente libre de usarlas para lo que te sea conveniente, faltaría más, solamente dí que las he hecho yo, más que nada porque me hace ilusión. Lo haré a pesar de que puede que si lo que he escrito no es exactamente lo que quieres leer (mencionar que, por ejemplo, una canción no fue tan brillante, a pesar de que la crítica sea globalmente positiva) tu vas a hacer como si no hubieras recibido nada de eso, me vas a ignorar maleducadamente. Pero no te puedo prometer que me guste. Eso no me lo puedes pedir. No te voy a hacer una promesa que no puedo cumplir. Si me gusta, eso sí, lo voy a decir, con pelos y señales, y me partiré el pecho por tu evento, por tu grupo o por lo que sea. Pero no te puedo prometer que me vaya a gustar, por muy predispuesta que vaya. Así que no me lo pidas ni me lo exijas. Si piensas hacerlo, no me acredites. Prefiero pagarlo de mi bolsillo. De verdad.

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Celebra el Día de la Mujer con un aumento de pecho por 38 euros

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Llevaba yo unos días preguntándome si llegado hoy, 8 de marzo, Día de la Mujer Trabajadora, se me habría ocurrido algo interesante, inteligente o al menos divertido que escribir en este blog sobre el tema. Por Dios, soy una feminista, una orcobollera de pro, una twittera y bloggera con cierto público. ¡Algo se me tenía que ocurrir! Pero no, cuando anoche me fui a la cama todo parecía perdido. Mi patético cerebro de rubia no había encontrar ni una sola cosa inteligente que decir que no se hubiera dicho ya antes. Con esta desolación me fui a la cama. Ah, pero amigos, hete aquí cuando me he despertado y he venido al trabajo, la realidad me ha regalado eso que tanto estaba deseando: algo gracioso, que no demasiado intelligente, sobre lo que escribir. Porque según me bajaba del autobús para entrar al trabajo, recibía en mi smartphone el correo diario de Planeo, una de esas webs de descuentos que a veces me gusta curiosear por si encuentro alguna bandeja de sushi a mitad de precio. Y mi sorpresa ha sido mayúscula cuando he leído el siguiente asunto:

Captura de pantalla 2013-03-08 a las 09.15.24

Como estaba en la calle no he podido golpear el teclado correctamente con la frente. Pero no os preocupéis: lo hago ahora.

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Bien, ahora con todas las teclas y rugosidades del teclado bien marcadas en mi frente me siento con fuerzas para darle a “mostrar imágenes” y bucear entre las innumerables ofertas que el correo de hoy contiene hasta dar con aquella que contiene toda la sabiduría y fuerza que necesito para celebrar una fecha tan señalada como la de hoy.

Captura de pantalla 2013-03-08 a las 09.21.15

Diosa, ¿será verdad? ¿Podré tener unas tetas perfectas sin necesidad de pasar por el cirujano ni de usar engorrosas y antiestéticas fajas? Cuando se lo cuente a mi director de tesis no va a caber en sí de gozo. ¡Qué forma más maravillosa de celebrar el Día de la Mujer! Hace 100 y poco años a una trabajadoras de una fábrica de textiles las quemaron vivas en su fábrica por exigir a su patrón librar los domingos y yo ahora, gracias a todos los avances que otras han conseguido por mi, puedo conseguir unas tetas más duras y voluminosas en su memoria. ¡Como las de la señorita de la foto! Nunca pensé que un aumento de pecho pudiera hacerme tan feliz.

Por lo tanto, oh sí amigos, pienso en el infinito número de posibilidades de éxito social y laboral que unas tetas mejor contorneadas, más vistosas y, ante todo, voluminosas, me van a ofrecer. Y, como no podía ser de otro modo, hago clic en VER AHORA. Estoy un pasito más cerca del éxito, oh sí, puedo sentirlo. (A continuación os adjunto una captura de pantalla con las condiciones del cupón, más que nada porque como son ofertas a corto plazo, probablemente el link deje de existir dentro de unos días)

Captura de pantalla 2013-03-08 a las 09.40.16

¿Podéis creerlo? A base de mejunjes y masajes mis tetas no solo estarán más relajadas, sino que habré aumentado ¡una talla! de sujetador. No quepo en mi de gozo. Literalmente, porque tendré que renovar mis sujetadores. Da lo mismo, de este modo mato dos pájaros de un tiro: por un lago, mis nuevas y reafirmadas tetas harán que todos los hombres de mi trabajo me miren con renovado respeto, que mis opiniones sean escuchadas y tenidas en cuenta y que los apretones de mano sean fuertes y sinceros; por el otro, consigo todas estas maravillosas mejoras sin necesidad de pasar por el cirujano, que no es que eso me moleste, pero es que las orcobolleras con las que me acuesto bromean frecuentemente con la frase “Tetas de goma: tocada una, tocadas todas”, y no quiero que una bollera que no es capaz ni de depilarse los sobacos ridiculice mis tetas. No, todo natural. Todo maravilloso. Todo perfecto.

Y así, amigos y amigas, se celebra correctamente el Día de la Mujer Trabajadora, ese 8 de marzo en que las mujeres con dos dedos de frente nos quitamos los sujetadores, soltamos las fregonas y bajamos a la calle a dar rienda suelta a nuestros impulsos más feminazis a base de gritos, tamboradas y pancartas. Nos felicitamos por los logros conseguidos, y nos entristecemos por los que parecen no llegar nunca. Y nos sometemos a un tratamiento que nos aumenta el volumen de las tetas. Solo por si acaso este tiene algún tipo de consecuencia positiva en nuestra vida social, laboral, emocional o sexual. Porque eso es lo que somos las mujeres: máquinas de parir criaturas, poner lavadoras cuya habilidad para la supervivencia se mide en tallas de sujetador y número de copa. No hay más comentarios, chicas. A las que vayáis esta tarde a la manifestación de Madrid, por ahí andaré. A las demás, pues feliz 8 de marzo.

Bonus: Me ha picado la curiosidad por eso del peeling ultrasónico y de fitoestrógenos. Aunque sé algo de biología, lo de os fitoestrógenos no lo había oído mencionar en la vida, así que le he preguntado a la señora Wikipedia qué demonios era eso. Parece ser que son estrógenos de origen vegetal y que se ingieren en pequeñas cantidades en nuestra alimentación, pero cuyos efectos no están nada claros. Eso sí, para las tetas deben ir re-que-te-di-vi-nos.

Re-bonus: Por si fuera poco, la gente de Youzee me acaba de mandar un correo invitándome a celebrar el 8 de marzo viendo la segunda parte de Amanecer, una de las películas de la Saga Crepúsculo, que es bien conocida por ser haber fomentado entre las jovencitas un modelo de mujer sumisa e idiota que solo sirve para ser follada brutalmente. Seguro que Amazon me manda dentro de un rato un correo invitándome a comprar Cincuenta Sombras de Grey, como si no hubiera suficiente literatura feminista que consumir. En fin, que el próximo Día de la Ciencia lo celebraremos con un congreso sobre viajes astrales; y el Día del Padre, con una buena hostia bien dada. Total, es lo que se estila. ¿No?

Captura de pantalla 2013-03-08 a las 11.07.50

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Por qué voy a dejar de comprar en Mercadona

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Poco hay que decir acerca del asunto de los sobres que no se haya dicho ya. Que eran sobornos, puros y duros, y que los dirigentes del gobierno nacional y de los de varias comunidades autónomas los han aceptado y, por supuesto, no los han declarado al fisco. Todo el tema en si es apestoso, no creo que vaya a ser capaz de aportar nada a la discusión. También soy muy consciente de que cuando el PP ganó las generales con mayoría absoluta en 2011, los españoles en realidad habíamos elegido meter a Alí Baba y sus cuarenta ladrones en el Palacio de la Moncloa. Francamente, opino que a quién esto le pille por sorpresa, es porque es sencillamente gilipollas.

En realidad solamente hay un aspecto de esta historia que me ha sorprendido. No es que me haya desagradado más o menos, solo que no me lo esperaba: entre los nombres de presidentes de empresas constructoras que figuran en la lista de donantes que ayer El País desveló al público figura el nombre de una empresa que no se dedica al ladrillo: Mercadona. Según El País, la cadena de supermercados levantina realizó dos donaciones al Partido Popular: una de 90000 euros en 2004 y otra de 150000 en 2008. ¿A  cambio de qué? Ni lo sabemos ni creo que lo sepamos nunca. Pero una cosa me queda completamente clara: nadie mete 240000 euros en la cuenta de un partido político sin esperar nada a cambio. Ese casi cuarto de millón de euros es un soborno puro y duro. Y tan malos como los políticos corruptos creo yo que son los empresarios corruptores.

Mercadona

Mercadona desmintió ayer a través de su cuenta de Twitter que haya dado ningún dinero al PP. Para mi es demasiado tarde: la credibilidad de una empresa a la que admiraba, a pesar de algunos intentos de boicot que no veía del todo justificados, y cuyos productos consumía con gusto ha quedado en entre dicho. Como consumidora, Mercadona ha pasado a convertirse en un emporio dirigido por empresarios implicados en tramas de corrupción. Me jode, porque compro muchas cosas ahí pero me temo que a no ser que se demuestre que toda esta historia es una falacia (hay momentos en los que pienso que su austera política publicitaria convierte a esta empresa en blanco fácil de las iras de la prensa, pero en esta ocasión las pruebas parece bastante contundentes), voy a dejar de hacerlo en la medida de lo posible. Es la única forma que se me ocurre ahora mismo, que no hay elecciones cerca, de manifestar mi rechazo hacia la corrupción.

Porque al fin y al cabo las firmas que se recojan por internet, rara vez valen algo, sean cien, mil o un millón. Firmar en change.org no implica nada para el firmante: no te sacrificas, no arriesgas. No haces nada. Para mi dejar de comprar en Mercadona es una verdadera jodienda porque hay productos que realmente me gustan y que ahora mismo no me apetece sustituir. Pero me parece que lo más coherente con mis ideas es no comprar en un comercio sobre el que se cierne la sombra de la corrupción. Obviamente, si soy yo la única que deja de comprar en Mercadona al menos hasta que se aclare lo que ha sucedido y, en caso de ser necesario, se les juzgue y multe por sobornar a políticos; será bastante inútil. Si somos 10, será un poquito menos inútil. Que cien personas que compran habitualmente en Mercadona dejen de hacerlo por su rechazo a la corrupción empieza a ser algo. Mil pica. Diez mil escuece. Cincuenta mil duele. Y cien mil, directamente, jode. Muchísimo más que cien mil firmas en change.org, que se diluyen en la mente del firmante tan rápido como cierra la pestaña del navegador.

Pensadlo: si hay una forma de parar esto, si tenemos algún tipo de poder, es dándole dónde les duele a los corruptos y a los corruptores. No puedo evitar pisar un edificio construido por alguna de las empresas de la trama Gürtel. Pero sí puedo evitar comprar en una cadena de supermercados si sus dueños han sobornado al principal partido conservador del país. Esto no enmendará de ningún modo el mal que ya hayan hecho los directivos de Mercadona. Pero, si fuéramos los suficientes los que lo hiciéramos, tal vez haría que se lo pensaran dos veces la próxima vez que se les ocurriera dejar un sobre en la calle Génova.

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Cosas que aprendo leyendo La Biblia (xi): Sansón, el primer terrorista suicida

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La casa estaba llena de hombres y mujeres. Estaban dentro todos los tiranos de los filisteos y, en el terrado, unos 3.000 hombres y mujeres contemplando los juegos de Sansón. Sansón invocó a Yahveh y exclamó: «Señor Yahveh, dígnate acordarte de mí, hazme fuerte nada más que esta vez, oh Dios, para que de un golpe me vengue de los filisteos por mis dos ojos.» Y Sansón palpó las dos columnas centrales sobre las que descansaba la casa, se apoyó contra ellas, en una con su  brazo derecho, en la otra con el izquierdo, y gritó: «¡Muera yo con los filisteos!» Apretó con todas sus fuerzas y la casa se derrumbó sobre los tiranos y  sobre toda la gente allí reunida. Los muertos que mató al morir fueron más que los que había matado en vida.

Jueces 16:27-30

Que no os engañen, amiguitos: el primer hombre del que tenemos noticias de que se le ocurriera sacrificarse para asesinar sus enemigos y sus familias mientras se congregaban en su casa vivía en Palestina, ciertamente, pero practicaba la religión judaica, fue juez de Israel y nazir de Yahveh. Se llamaba Sansón.

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Instagram, el gratis total y la doble moral de muchos internautas

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Hace unos meses Facebook compró Instagram y hace un par de días la hiperhinchada red social de fotografía móvil anunció que cambiaba las reglas del juego a mitad del partido. Otros lo han explicado mucho mejor que yo, pero la cosa se reduce a que, aunque no perdemos la autoría de las imágenes que subamos a Instagram, la empresa se reserva el derecho a utilizarlas con fines comerciales sin avisar ni consultar al propietario. Además, la publicidad llega oficialmente a la red social pero de forma encubierta, sin avisar de que es publicidad. Y claro, en Internet se ha montado la marimorena.

Actualización: este post se escribió anoche. Hoy por la mañana Instagram parece haber rectificado y anuncia que no venderá las fotos de sus usuarios, pero que desean explorar nuevas formas de publicidad (léelo aquí).

instagram

Ayer por la mañana era una cuestión de que si se ataca a algún derecho de las personas que pudieran salir en las fotos. Por la tarde el problema quedó más desnudo: que Instagram había cambiado las reglas del juego. Y que eso está mal. No mal, fatal. Ahora mal e Instagram son sinónimos. Voy a tratar de analizar el asunto para llegar a alguna conclusión al respecto:

  • Me gusta bastante Instagram. Bueno, desde que lo tengo, porque los androides somos una especie de parias que no se merecían disfrutar de esta aplicación hasta hace algo más de medio año.
  • Como usuaria sé que Instagram no es sólo filtros: su poder está en la comunidad que cada usuario es capaz de crear. No todo el mundo sube buenas fotos ahí y cada nuevo “like” o nuevo seguidor, sobre todo cuando llevas poco tiempo, cuesta lo suyo.
  • Cuando uno tiene una cuidada colección de fotos bien etiquetadas, con una comunidad de seguidores fieles que admiran las ideas de uno y, por supuesto, una generosa lista de usuarios a los que seguir por el mero placer de abrir la aplicación y disfrutar un rato de sus creaciones, pues la idea de cerrar la cuenta no le hace ni puta gracia.
  • Instagram es un servicio gratuito. Además, no tiene publicidad invasiva. Pero Instagram es una empresa, no una ONG. De algún sitio tendrá que sacar beneficio. Más aún si Facebook se gasta 1000 millones de dólares en comprar la aplicación de marras. Querrán sacar dinero de ella, digo yo.
  • Que Instagram (al igual que otras muchas aplicaciones) sea gratuita no significa que las actualizaciones, servicios de mantenimiento, corrección de bugs, mejoras… o la plataforma en si sean creadas por duencecillos mágicos que se alimentan de maná que cae del cielo. Instagram es una aplicación que está programada y mantenida por personas que necesitan que la aplicación haga dinero para poder tener un sueldo con el que alimentar a sus hijos, comprarse un iPhone o irse de vacaciones.
  • Instagram, al igual que las demás redes sociales, es un servicio, no un derecho. Por esto quiero decir que nosotros controlamos el servicio solo como usuarios. Como tales, tenemos un poder. Pero es Instagram quien nos presta el servicio de manera gratuita. Si ellos deciden cerrar el chiringuito mañana, por mucho que a los usuarios nos joda, habrá que aguantarse porque es propiedad de ellos.

Dicho esto, creo que puedo hilar algo conjunto: en mi infancia, cuando a los jóvenes se les iniciaba en las drogas, el primer pico de heroína era gratis. Los demás, se pagaban. Este es ni más ni menos el método que han utilizado aplicaciones como Instagram o Spotify para mantener la fidelidad de la gran parte de sus usuarios a pesar de algunas perrerías que puedan hacerles: en los primeros años, te ofrecen un servicio atractivo, dinámico, divertido y gratis. No pasa mucho tiempo hasta que no puedes vivir sin él. En el caso de Instagram has montado, como contaba antes, una comunidad genial de usuarios con la que disfrutas muchísimo. En Spotify puedes haberte pasado horas y horas creando listas de reproducción. Te crees que son tus comunidades, que son tus listas solo porque las has hecho tu. Pero no: Instagram o Spotify te han dado el soporte para hacerlas y te lo han dado gratis. El pago es esa comunidad o esas listas de reproducción que tanto adoras. Puede resumirse en una frase que compartió ayer conmigo @unduca a través de Twitter y que no reproduciré aquí porque es de Microsiervos (quien quiera verla, que haga clic). Si un día yo quiero dejar Spotify, nunca podré llevarme todas las listas de reproducción que he creado ahí a otro sitio. Y son muchas. De igual modo, si cerrara mi cuenta de Instagram, los seguidores que tanto me ha costado conseguir, serían irrecuperables aunque migrara a otro sitio.

De modo que, en este contexto, creo que puedo llegar a alguna conclusión. ¿Está mal lo que ha hecho Instagram? Mal no sé. Feo es, sin duda, cierto: cambiar las reglas así de golpe y tan tajantemente es desagradable. Pero, ¿pueden hacerlo? Perfectamente. Y lo saben: tienen 100 millones de usuarios como rehenes. Es posible que unos pocos con cierta conciencia de lo que va a pasar con la política de privacidad cierren sus cuentas. Sospecho que, salvo personas muy íntegras, coincidirá con usuarios que no suben contenido de demasiada calidad y/o que no han trabajado duro por crear y mantener una comunidad en torno a sus fotos. Pero lo cierto es que entre los que no se vayan a enterar de nada y los que no estén dispuestos a abandonar la comunidad, fruto de su trabajo y esfuerzo, habrá mucha gente que no cierre su cuenta antes del 16 de enero. De este último grupo, puede que unos cuantos no estemos del todo de acuerdo con las nuevas políticas. Pero, qué queréis que os diga, ni me parece tan absolutamente grave esto ni estoy dispuesta a perder el trabajo que he desarrollado ahí en estos meses, aunque haya sido por pura afición. Sencillamente seré más cuidadosa con lo que suba. Como ya lo soy, por cierto, en Facebook o Twitter.

Bonus

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Ayer al hilo del revuelo en Twitter se me ocurrió escribir el tuit que hay sobre estas líneas. Fue bastante exitoso y obtuve muchas respuestas sobre él. Sobre todo eran de gente indignada que me recordaba que, aunque ellos se bajaban muchas cosas, no se lucraban con ello tal y como piensa hacer Instagram. Toda esta historia me recordó bastante al post que escribí hace un par de semanas sobre bajarse o no series de televisión y, sobre todo, a los comentarios que hubo tanto en el post como en Menéame. Se generó mucho debate porque usé el término “ilegal” para describir las descargas cuando, en realidad, siempre y cuando no haya fines lucrativos para ello, no es ilegal. Fue en realidad un debate encarnizado en el que contemplé cómo mucha gente justificaba el hecho de bajarse gigas y gigas de producción creativa (sí hijos, sí, las series son producto de creadores) sin que ello reporte el más mínimo beneficio para las mentes que han creado esas obras que nos entretienen sobre el mero hecho de que hacerlo no es un delito.

Las series de televisión y las películas no se hacen solas: si no fuera por los guionistas, actores, iluminadores, productores, directores y cientos de trabajadores más, esas historias jamás existirían para alegrarnos la semana. Y esas personas están en su derecho de tener un sueldo como todos los demás. Cuando nos bajamos un capítulo de una serie (OJO: YO LA PRIMERA) estamos disfrutando del trabajo de muchas personas sin que estas vean un solo duro por nuestra parte. Cierto, el caso de la distribución de materiales culturales en España es deleznable, cierto. Y es verdad que a veces no hay más remedio que bajarse una serie porque no hay productos que permitan verla. Y según nuestra legislación, eso todavía no es ilegal. Pero ojo, que no sea ilegal no significa que esté bien. Está mal, y yo sé que cada vez que me bajo un capítulo de una serie está mal. Puedo tratar de justificarme de mil formas, pero tengo la decencia de admitir la verdad.

¿Qué tiene que ver todo esto con Instagram? Pues que me ha llamado la atención, solamente, el ejemplo de la doble moral: ya me gustaría a mi haber llamado por teléfono a Claire Danes este lunes para preguntarle si no le importaba que me bajara la finale de Homeland para verla mientras cenaba. Porque esto es lo que quieren muchos de los detractores de las nuevas medidas de Instagram. Es más: quieren que Instagram se tome la molestia de avisarles y retribuirles (por dios, estamos hablando de fotos de mierda hechas con el móvil, nos pongamos como nos pongamos) por lo que quieran tomar prestado de sus perfiles. Y mientras el uTorrent echando humo, es que como si lo viera. Sin pedir permiso a los que han creado lo que sea que se están bajando y, encima, con el aliciente de que lo que se está bajando probablemente se esté compartiendo en internet sin el consentimiento de sus creadores. Mucha gente me dice que no tienen nada que ver la velocidad con el tocino. Yo aquí veo doble moral y muchas ganas de tenerlo todo gratis. Demasiadas. Y me da la impresión de que es una mera estratagema para no aceptar que lo que está mal, está mal, sin importar los motivos por los que lo hagamos mal.

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Cuando el derecho a huelga choca con el sentido común

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¿Son necesarias las huelgas de transporte público? Los madrileños llevamos todo el otoño soportando paros en las horas puntas de días de diario. Yo ya he perdido la cuenta, pero más de 10 días de huelgas ya hemos tenido. A veces, como hoy, la EMT y el metro se ponen de acuerdo y crean una auténtica bomba de relojería en una ciudad en la que ya es, de por si, complicado moverse.

La situación previa

A nadie se le escapa que tras unos años en los que la red de metro se ha extendido imparablemente hacia barrios semipoblados, inaugurando estaciones y túneles que se han tenido que cerrar a los pocos años para reparar deficiencias estructurales, la imparable mancha de aceite que era el plano del suburbano madrileño se ha congelado: ya no hay nuevos barrios ni dinero para comprar votos. Y, de la mano de esta congelación, han venido otros dos sucesos: sucesivas subidas desmesuradas del precio de los diversos billetes de transporte público que operan en la comunidad; y un descenso palpable en la calidad y frecuencia del servicio desde el pasado verano.

Tener nuevas estaciones mola, pero ahora estamos pagando las consecuencias.

Tener nuevas estaciones mola, pero ahora estamos pagando las consecuencias.

¿El objetivo? Es muy obvio: convertir el transporte público de la capital en un medio de segunda categoría, un último recurso para quienes son tan losers y tan pobres que no son capaces de comprarse o mantener un coche. Igualito que con la sanidad: se pretende dejar el servicio público como un testimonio, una limosna para quien no es capaz de costease sus propios desplazamientos o tratamientos médicos. Es por esto que en el metro nos apiñamos como sardinas en lata cada vez más personas, con unas condiciones cada vez más precarias: porque en lugar de contemplar el uso del transporte público como un acto de responsabilidad social, de respeto al medio ambiente y, en resumen, de principios (os juro que tal y como está el transporte en Madrid a mi hace ya tiempo que me compensaría haberme comprado un coche o una moto, y contribuir con mis kilitos de CO2 a la capa de mierda de mi ciudad), lleva años planteándose como un medio de transporte de último recurso para los parias de nuestra sociedad.

La protesta

Una mañana de huelga de transportes en el centro de Madrid (sacada de mi Twitpic)

Una mañana de huelga de transportes en el centro de Madrid (sacada de mi Twitpic)

Y en este contexto de abandono de unas infraestructuras que hemos pagado los madrileños de nuestro bolsillo durante décadas, ahora tenemos que aguantar que justo a primera hora de la mañana y a la tarde, a la hora de salir del trabajo, haya aproximadamente la mitad de un servicio que, ya de por si, la Comunidad se ha encargado de mermar. Pero, ¿por qué protestan los conductores de metro y autobús? ¿Les preocupa la lamentable situación que acabo de exponer? ¿Son estas huelgas, como dicen varios pasquines que se reparten entre los usuarios a veces, para defender el transporte público?

Las reivindicaciones del Sindicato de Conductores de Metro de Madrid son las que siguen (las he sacado de aquí):

Los maquinistas cumplen rigurosamente todas y cada una de las funciones que firmaron en dicho Convenio a pesar de que la Empresa se niega a cumplir su parte y hace responsable al Gobierno de la Comunidad de Madrid de dicho incumplimiento. Aspectos no cumplidos:

• Castigan a los/as Trabajadores/as con importantes descuentos en situación de Incapacidad Temporal, poniendo en riesgo la seguridad de los viajeros.
• No respetan los acuerdos sobre Jubilación.
• Retrasan los compromisos sobre contratos Parciales.
• No Abonan la productividad realizada.

Y las de los conductores de autobuses son (también sacadas de aquí):

Frente a la pérdida de retribuciones salariales y otros derechos pactados en el convenio colectivo.

Así se pone la línea 3 cuando hay huelga por las mañanas

Así se pone la línea 3 cuando hay huelga por las mañanas

O sea, nada relacionado con la repercusión del empeoramiento del servicio en los ciudadanos, como algunos nos intentan hacer creer. Son reivindicaciones absolutamente legítimas (y probablemente bien justificadas) pero en las que los únicos beneficiarios son los trabajadores, no los usuarios. Pero, para la consecución de dichos objetivos, los principales perjudicados somos los usuarios del servicio. De hecho, vamos a poner la información en orden, que quiero ser clarita con este tema:

  1. Aunque la EMT como Metro de Madrid son empresas, ambas trabajan directamente para dos instituciones públicas, a saber, el Ayuntamiento de Madrid y el Consorcio de Transportes de la Comunidad de Madrid, respectivamente.
  2. Por esto es cierto que los ciudadanos, en calidad de votantes, temos gran parte de la responsabilidad de quién esté al frente de dichas empresas, así como de sus buenas o malas prácticas.
  3. En una sociedad ideal, los ciudadanos seríamos capaces de ver estas huelgas como responsabilidad del gobierno de nuestra comunidad autónoma y ayuntamiento, en vez de culpar a los conductores y votaríamos en consecuencia cuando llegara el momento.
  4. En el mundo real, estas huelgas se están realizando cuando faltan más de dos años y medio para las elecciones locales: cuando toque votar muy poca gente se va a acordar de esto. Por lo tanto, los gobernantes no perciben en más mínimo riesgo en estas huelgas y ni negocian ni cambian la situación.
  5. Es más, cuanto más se prolongan los periodos de huelga, cuando son más los días que llegas tarde a trabajar o a un compromiso o sencillamente a tu casa después de haberte pasado todo el día currando, al ciudadano medio se le olvida, si es que alguna vez lo consideró, el derecho a huelga de los conductores de metro y autobús; en detrimento de utilizar normalmente un servicio por el que ha pagado primero en sus impuestos, y luego en su billete (a mi no me sale más barato el abono de transportes cuando hay huelga y el viaje sencillo no baja de precio a pesar de que la frecuencia del servicio desciende a la mitad).
  6. Para más inri, no solo se desvirtúa la sensación de “riesgo” hacia los políticos y responsables de las empresas mencionadas. Es que, o mucho me equivoco, o muy pocos de los altos cargos responsables de cumplir o incumplir los convenios colectivos, así como los que deciden reducir la calidad del servicio del transporte público, hacen uso de él a diario. O bueno, depende: ¿llamamos transporte público a los coches oficiales?
  7. Ninguna de las dos empresas mencionadas tienen competencia: si acaso un día no hay metro, se ve uno en la obligación de coger el autobús o el cercanías y viceversa. Pero todas estas empresas son públicas, en el fondo, todo queda un poco en casa. Además, aunque haya menos servicio de metro, los ciudadanos dependemos tanto de él, que seguimos cogiéndolo porque no hay una alternativa mejor que no implique el vehículo privado. Para muchos coger un taxi no es una opción sencillamente porque no hay dinero para ello.

Lo que quiero contar con todo esto es lo que llevo meses diciendo: que sí, es cierto, los ciudadanos somos responsables con nuestro voto de qué pase con el metro, los autobuses y sus trabajadores. Es más, quien haya votado al PP estos años y hoy haya llegado tarde a trabajar, que se joda. Ahora bien, la broma está pasando de castaño oscuro: llevamos meses de huelgas y la situación no ha mejorado. Al contrario, me temo. La huelga se está mostrando inútil e inoperante, y está secuestrando y manteniendo como rehenes a los madrileños que usamos el transporte público todos los días. Y algo de culpa tenemos, pero a dos años y medio de las elecciones, y con amplias mayorías absolutas en ambas cámaras de representación local y territorial, tenemos nulo poder sobre las decisiones de Metro de Madrid o de la EMT.

¿Alternativa?

Llegados a este punto cabe preguntarme ¿entonces qué? ¿Hay algún método para que los conductores de metro y autobuses manifiesten su descontento, mermen palpablemente los márgenes de beneficio de sus empresas (que es parte del objetivo de las huelgas, mermar los beneficios económicos de los patrones) y mantengan intacto el apoyo ciudadano o, incluso, hagan que se incremente? Hay un método muy obvio, pero es ilegal: sustituir las huelgas por jornadas en las que se pueda acceder gratuitamente a metro y autobuses. Es un plan perfecto porque los madrileños somos tan gorrones que saturaríamos toda la red de metro en 30 minutos si esto se hiciera. El caos sería imparable, la protesta tendría el apoyo de la ciudadanía y los propietarios de las empresas se encontrarían con miles de personas haciendo uso de sus instalaciones sin aportar ni un euro. Ahí les jodería.

Con esperas de 13 minutos en la línea 6 (una de las más utilizadas) a las 6 de la tarde de un lunes no se puede aspirar a que la ciudadanía te apoye

Con esperas de 13 minutos en la línea 6 (una de las más utilizadas) a las 6 de la tarde de un lunes no se puede aspirar a que la ciudadanía te apoye

Cierto, mucha gente me dice que esta idea es ilegal. No más ilegal que el cierre brutal del Metro que se produjo hace dos años, cuando se cerraron absolutamente todas las líneas y nos dejaron a los madrileños sin derecho, ni siquiera, a servicios mínimos durante dos días de caos absoluto en la ciudad. Aquello lo hicieron los sindicatos, by the way. No más ilegal que sabotear la Línea 8 y dejar a miles de viajeros tirados durante una hora en Nuevos Ministerios, como se hizo ayer. Y, en cualquier caso, si esta idea es ilegal, ¿para qué están los sindicatos si no es para proponer y actualizar los medios de protesta y promover las reformas legislativas necesarias para ello, más aún cuando las huelgas se están mostrando tan profunda y desesperantemente inoperantes? Ahí lo dejo, por si alguien ha sido capaz de aguantar la parrafada entera. Suerte a todos esta tarde al salir del curro: la vamos a necesitar.

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Series de televisión: lo raro sería que no las bajáramos

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Yo me bajo series de televisión. Muchas. Muchísimas. Soy una mala persona, sin duda. Aún así, a pesar de ello, puntualmente, también compro series de televisión. No siempre, claro, no todas las que veo las acabo comprando. Solo las que me gustan mucho. Y me gusta regalar cofres de series completas a mis seres queridos en estas señaladas fiestas: a toda la familia nos gustan y es un bonito regalo el de una historia que alguien haya disfrutado. En el caso de mi madre le encantan las series y este año me disponía a regalarle un cofrecito. Para ello, el pack en si debería cumplir los siguientes requisitos:

  • Ser un cofre de una serie completa. Sinceramente, pagar entre 20 y 40 euros por una temporada aislada, que es más o menos el precio estándar de estas cosas, me parece un robo. En cambio 60 o 80 por una serie entera, me parece un buen trato.
  • Mi madre no habla inglés así que, como mínimo, todos los DVDs deben incluir al menos subtítulos en castellano.
  • A poder ser, que sea una serie que le guste.

Parecen tres requerimientos sencillos, pero ahora veremos que la cosa no lo es tal. He realizado mis búsquedas en tres webs: la de la Fnac, Amazon España y DVDgo. Me parece un espectro razonable para buscar. Veamos qué encontré:

  • Urgencias: Tiene 15 temporadas y es una de las series favoritas de mi madre. En España no hay ningún cofre que la contenga entera. En cambio, pueden adquirirse las temporadas individuales por entre 13 y 35 euros cada una (depende de la temporada, no todas cuestan lo mismo). Obviamente, si son 15 temporadas, la cosa se pone en un precio que no tiene ni pies ni cabeza para mi.
  • Frasier: Es la típica serie de la cual en casa hemos visto capítulos sueltos pero nunca habíamos llegado a ver entera. Son 11 temporadas y la navidad suena a momento perfecto para recordarla. Busco en Amazon y me encuentro con este fabuloso pack por menos de 50 euros. Me relamo pero cuando miro los detalles resulta que los únicos subtítulos disponibles son inglés, sueco, danés, noruego, neerlandés. Para colmo, descubro que en España solamente están editadas en DVD con subtítulos en castellano las cuatro primeras temporadas de la serie a razón de unos 15 euros cada una. Cagada mayúscula.

  • En Terapia: Es una de las series favoritas de mi madre, sé que si se la regalo acertaré a buen seguro. Me pongo a buscar y doy con este estupendísimo pack alemán que contiene las 3 temporadas de la serie por 51 euros. Sería maravilloso si entre el inglés, francés, neerlandés, danés, finés, griego, noruego o el sueco se encontrara el castellano para los subtítulos. El caso es que sé que a mi madre le gusta de verdad esta serie y me planteo comprarle las temporadas de una en una pero cual es mi sorpresa cuando me doy cuenta de que en España las temporadas no han llegado a ponerse a la venta de forma completa: la primera temporada de esta serie se vende en dos bonitas mitades de 41 euros cada una. Con la segunda, lo mismo, solo que la segunda mitad de esta temporada no aparece ni viva ni muerta por ninguna parte: sencillamente, nunca se ha vendido aquí, al igual que la tercera temporada de dicha serie. Un éxito rotundo para quienquiera que sea que distribuya los DVDs de la HBO en nuestro país, sin duda.
  • Cinco Hermanos: Empiezo a hacer memoria de verdad y recuerdo que, aunque no era de sus favoritas, esta serie a mi madre le divertía. Busco, por curiosidad y me encuentro con lo mismo: las cinco temporadas (ya hace más de dos años que esta serie acabó, tiempo más que de sobra para editar un pack apañado) están editadas por separado a razón de más de 30 euros cada una, es decir, se me pondría el regalo en mucho más de 150 euros (y ojo, Cinco Hermanos es un culebrón de dudosa calidad que no vale eso ni por casualidad). Ni se me pasa por la cabeza.

Me podéis decir que hay muchas series buenas a la venta en castellano en formato pack. Sí, es cierto, hay muchas, pero no tantas: los cofres se reducen a unos cuantos clasicazos tipo El Al Oeste de la Casa Blanca, The Wire, Los Soprano, A Dos Metros Bajo Tierra, Friends y algunas más que, os garantizo, tampoco son tantas. Y sí, es cierto, El Ala Oeste es una buena serie, pero en realidad las que quería regalarle a mi madre no existen por la vía legal, mientras que puedo descargarlas en castellano o en inglés con subtítulos en cuestión de un par de días, gratis y con muchas menos complicaciones que rebuscando en varias tiendas diferentes. Por no mencionar el hecho de que la búsqueda la he hecho por internet: me consta que en las tiendas físicas no hay ni la mitad de la mitad de lo que hay en Amazon o en DVDgo, así que la parte de población que no compra por internet (numerosa) tiene todavía menos acceso.

¿Qué quiero decir con esto? Pues que después de pasar un rato largo vagando por Amazon lo que me pide el cuerpo es seguir bajando series ilegalmente, porque si pretendes comprarlas de una manera razonable las distribuidoras te tratan como si fueras idiota. Afortunadamente ya he encontrado un cofre que a mi madre le va a gustar y cumple los requisitos básicos, pero no lo voy a poner aquí por razones obvias (así que no, no necesito sugerencias, gracias). El caso es que comprar a veces es mucho más complicado que descargar y a veces, incluso, se vuelve imposible. Así que no nos culpen demasiado si descargamos, amigos: dejaremos de hacerlo cuando dejen de tratarnos como a imbéciles.

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Vuelve “Cosas que aprendo leyendo La Biblia”

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Sí amigos, sí, lo estábamos deseando todos. Tras año y medio sin postear sobre ello, vuelve la sección más exitosa de este blog: los mejores momentos de La Biblia. Ese libro que todo el mundo dice conocer pero que pocos han tenido los cojones de leerse. Pero, antes de volver con la sección, quiero exponer varias cosas sobre el tema. Sobre todo, para aclarar dudas y explicar por qué me embarco en una lectura (varias personas me han preguntado si es cierto que leo La Biblia como si fuera algo inverosímil), a priori, tan poco entretenida. Recapitulemos, pues:

  • Aunque ni la practico ni la profeso, fui educada en la fe católica por unas monjitas muy majas de un colegio muy formal de Madrid. Durante muchos años llegué a creerme lo de los panes, los peces y el agua que se convertía en vino. Luego empecé a mirarle el culo a las chicas y se me fue pasando. Pero siempre quedó un cierto interés sobre las religiones en general y el cristianismo en particular, más bien como fenómeno sociológico que nunca ha dejado de fascinarme. Aprendí mucho sobre la fe y las normas que profesan los católicos; de hecho, creo conozco esa religión mejor que muchas personas que dicen practicarla. Es un tema que me interesa como mera espectadora y porque, como habitante de un país tan católico como el nuestro, lo que diga el Papa o el obispo de turno, puede no ser 100% irrelevante para lo que  suceda con mi vida y/o mis derechos.
  • Hace un par de años aproveché que tenía un lector de ebooks que me permitía leer libros muy gordos sin que mi espalda sufriera. Estaba lleno de “libros libres”, de estos cuyos derechos de autor ya están caducados y se pueden descargar libre y legalmente. Uno de los cientos de libros que tenía ahí era La Biblia. Un día me di cuenta que, si bien conocía bastane las amables enseñanzas del Nuevo Testamento, tenía el Antiguo Testamento (que es, tras varias traducciones al griego, el mismo conjunto de textos sagrados que conforman la religión judaica) muy inexplorado: reyes, profetas, jueces y zarzas ardiendo se agolpaban en un batiburrillo informe en mi cerebro.
  • El Antiguo Testamento contiene la historia de un pueblo, Israel, elegido de entre todos los pueblos del mundo por Yahvéh para ser los depositarios de la Alianza de dicha deidad con los mortales. Los líderes de Israel, ya sean caudillos militares, sacerdotes, oráculos religiosos o una mezcla de los anteriores; son profetas sagrados, hombres elegidos e iluminados por Dios para las tres grandes religiones monoteístas del planeta. Judaísmo, cristianismo e islam comparten dios, profetas y un primer libro sagrado: esta compilación de origen y edad borrosos de los hechos y leyes de las Doce Tribus de Israel. Básicamente, el Antiguo Testamento alterna la historia de Israel con las leyes civiles y religiosas dictadas por Yahveh a Moisés y a sus seguidores.
  • Obviamente, ni soy historiadora ni tengo los conocimientos para entender gran parte de la lectura. No me quita el sueño, no quiero comprender el 100% de La Biblia, pero sé que leyéndola con cierto cuidado aprenderé cosas que no sabía. Mi idea original era conocer mejor la religión cristiana en este viaje. Lo que no había tenido en cuenta era que me estaba adentrando en el corazón puro del judaísmo y de la esencia misma del actual pueblo de Israel. Aún entendiendo muy poco, he aprendido muchísimo.

¿Dónde estamos?

Obviamente, leer La Biblia no es divertido. En mi primera aproximación al texto sagrado, no obstante, conseguí abordar la Torá completa (lo que los cristianos llamarían el Pentateuco), esto es, Génesis, Éxodo, Levítico, Números y Deuteronomio. Estos cinco libros constituyen el núcleo de la revelación divina de Yahvéh al pueblo de Israel, y tienen un valor histórico incalculable. No quiero sonar pedante, pero lo cierto es que aprende uno muchísimo leyéndolos (ahora vemos). El primero, aparte de contar la creación del mundo, las bestias, las personas y demás; desarrolla la genealogía de los líderes tribales del pueblo de Israel (ojo, estamos hablando de unos personajes que, de estar basados en alguien que vivió realmente, debió hacerlo hace unos 4000 años). Es aquí donde Yahvéh se revela por primera vez a los líderes de Israel y les promete una futura alianza: Israel lo adora y santifica como el único dios y Él les dará una tierra que mana leche y miel. Éxodo, tampoco necesita presentación: Egipto, los judíos esclavizados, el caudillo Moisés, las aguas que se abren y las tablas de la ley. Uno cree que conoce estas cosas, pero siempre se aprende leyendo los detalles. Los siguientes libros cuentan cómo Israel se descarría tras huir de Egipto, cómo son castigados y, sobre todo, enuncia muy detalladamente las leyes civiles y los detalles del culto perfecto a Yahveh.

Todavía fui capaz de leer un poquito más y llegué a Josué, Jueces y Ruth, que describen, ahora ya ejecución de la promesa realizada por Yahvéh: Israel invade la tierra que le ha sido prometida.

Primeras conclusiones

¿Mereció la pena aguantar este tostón? Sin duda alguna, sí. Aún habiendo leído solamente una quinta parte de los libros sagrados judíos y habiendo comprendido ramplonamente lo que mi limitado intelecto me ha permitido, el Antiguo Testamento es uno de los textos que más influyen, a día de hoy, en nuestra vida. ¿Cómo? Bueno, como he dicho, encierra las costumbres de las tres principales religiones del mundo, aunque cierto es que el cristianismo ha intentado quedarse un poco con las partes que más les interesaba de estos textos; poniendo mucho más énfasis en las enseñanzas (un poco más civilizadas) de Jesucristo. De igual modo, aunque el islam hace suyos a los profetas de Israel, el núcleo de sus creencias se encuentran en la iluminación de Mahoma. Entonces, ¿tan importante es? Parece un conjunto de textos que están ahí pero nadie se mira mucho…

Pues no. El conflicto entre Israel y Palestina sigue ahí, vivo y coleando, al rojo vivo estos días. Y el origen está ahí, en la Torá: en el momento en el que una deidad promete a un pueblo nómada una tierra rica en la que asentarse, sin importar quién esté antes en ese territorio. Es que lo que no podemos perder de vista nunca cuando hablamos del estado de Israel es que el único argumento sobre el que Israel reclama la tierra en la que habita es la promesa que Yahvéh hizo hace 4000 años a Abraham y que, en algún momento del primer milenio a. C. algún escriba recopiló por escrito. ¡Y ya está! No hay más. El resto, es mucho más trivial de lo que parece:

  • Cierto pueblo nómada quiere asentarse.
  • Conoce la existencia de cierta tierra rica que codicia.
  • Providencialmente, una deidad aparece y les designa como propietarios futuros de dicha tierra casi idílica, a pesar de que ya está habitada.
  • Para asentarse en esta tierra prometida, hay que conquistarla y expulsar a sus habitantes.
  • La deidad vuelve a aparecer y ordena exterminar a estos habitantes.
  • El pueblo nómada mata, viola, quema y saquea porque su deidad se lo ordena.
  • Mientras mantengan el culto a la deidad, sus incursiones militares se contarán por victorias. Cualquier desvio, acarreará dolorosas derrotas.

A mi parecer, y por lo que he leído, hay dos formas de interpretar esto:

  1. La deidad realmente existe, y ciertamente el pueblo nómada es el elegido por ella para ocupar la tierra rica. Esta tierra le pertenece por derecho y cualquier acción militar destinada a conservarla será justa a ojos de la deidad.
  2. Una panda de bárbaros quieren conquistar un territorio fértil y, para afianzar dicha conquista, se inventan una (muy elaborada) historia sobre un dios que ha prometido dicho territorio a unos antepasados suyos cuyo nombre y linaje se pierde en la noche de los tiempos. Como es la voluntad de su dios, todo el que se oponga a ella será masacrado (literalmente, sin distinguir sexos, edades ni nada) y entregado como sacrificio a la deidad. La historia se les va de las manos y, a diferencia de otros sistemas de creencias barbáricos destinadas al ensalzamiento de ciertos caudillos militares, no desaparece ni se convierte en mitología, sino que 4000 años después, no es solo el núcleo de una religión, sino que además es el único motivo por el que un país existe y por el que desarrolla unilateralmente todo un agresivo programa militar.

¿Conclusiones? Las tengo, y muy claras. Y me basta ver el telediario para establecer una relación directa con lo que he leído. Pero el post ya está quedando larguísimo y yo tengo mucho miedo a lo que tenga que decir el Mossad sobre todo esto que he escrito. Pero una cosa sí que es cierta: hay cosas que no le pueden contar a uno, que aprender y comprender ni siempre es divertido, pero sí que suele ser gratificante. La Biblia, la Historia de un pueblo tan determinante en nuestras vidas y costumbres como es el de Israel, no es para verla en las películas: hay que leerla con respeto y sentido crítico y así comprender mejor el mundo en el que vivimos.

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Todo lo que tiene principio tiene un final (1)

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Cualquier aficionado a la ciencia-ficción en general y a la saga Matrix en particular, reconocerá en el título de esta entrada uno de los eslóganes con los que se publicitó Matrix: Revolutions, la tercera y (gracias a Dios) última entrega de aquella saga. Le película era una mierda y no es ni de lejos la que me motiva a escribir este post, pero es que la frase viene al pelo. Y es que todas las sagas y series que nos gustan lo cumplen: todas se tienen que acabar antes o después (salvo, al paso que va la burra, la saga Alien) y lo malo es que rara es la ocasión en la que los finales satisfacen a sus seguidores (ya no digo sus fans: esos nunca están satisfechos). Pero, ¿por qué nos pasa esto? ¿Son los finales de todas las sagas que nos gustan una puta mierda o es que esperamos demasiado de ellos? Hoy voy a reflexionar un punto sobre este asunto. Pero antes…

… antes hablar de lo que ha motivado este post: Mass Effect, una saga de videojuegos de ciencia-ficción que lanzó su tercera (y parece ser que no última) entrega hace unos meses. Como voy atrasada con respecto al mundo lo acabé de jugar hace un par de semanas. ¿El motivo? Pues tenía unas excusas geniales tipo “quiero jugar toda la saga de nuevo del tirón en el ordenador, comprando todos los descargables y tomando todas las decisiones con calma (quien haya jugado a Mass Effect entenderá esto un poco mejor), quiero disfrutarla de principio a fin” (sí lo reconozco, soy un poco fan de Mass Effect). ¿La verdad? No quería acabármelo: Mass Effect siempre se planteó como una trilogía y sabía que cuando me acabara el tercer juego no habría más y temía que el final no me gustara (todo el mundo decía que era muy malo). Pero, sobre todo, quería evitar que llegara el momento en el que no me quedara ni una sola aventurilla ni diálogo que desbloquear de una saga y una historia que tanto me gustan.

Por este mismo motivo el último capítulo de Friends se pasó días y días guardado en mi disco duro a pesar de haberlo descargado (¡vía eMule!) a la mañana siguiente de que se emitiera en los Estados Unidos antes de ponerme a verlo; o por el cual postergué más de la cuenta la lectura del sexto libro de Harry Potter (con el séptimo ya no pude contenerme) o por el cual nunca he llegado a ver el final de Expediente X: odio la idea de saber que algo que me encanta (sí, me gusta Harry Potter, ¿algún problema?) se va a acabar irremediablemente y que por mucho que pueda volver a verlo, jugarlo o leerlo, ya nunca va a ser lo mismo. Y perdonad que os diga, yo creo que no soy la única a la que le pasa esto.

¡Dios Santo! ¡He conseguido escribir tres párrafos sin meter un solo spoiler! Es genial, no creí que pudiera hacerlo. En fin, el caso es que a raíz del final de Mass Effect he estado bastante tiempo pensando en finales de cosas que me gustan y finales que me hicieron querer asesinar guionistas. ¿Por qué? ¿Por qué me importa tanto? Muchas de las historias que me gustan tienen en mi cabeza un final infinitamente mejor que el que se emitió o publicó. Internet está lleno de discusiones sobre los finales de las sagas de moda en cada momento (ya hablaremos de Lost)… ¿Por qué somos tan incapaces de aceptar el final que los guionistas le dan a sus creaciones? ¿Seríamos nosotros capaces de hacerlo mejor? ¿Por qué nos apegamos tantísimo a historias que son solo eso, historias? Para continuar estas reflexiones, y la gente vea de que pié cojeo, voy a poner unos cuantos ejemplos prácticos. Ojo, voy a intentar minimizarlos todo lo que pueda, pero aquí sí que hay spoilers:

Finales que me encantan

  • Firefly: Para mi, es la serie del final perfecto. Bueno, la serie no, porque acabó abruptamente en el episodio 17 14 (gracias, @SDibujando, por corregirme… después de esperar meses a ver la serie a pesar de mis incesantes recomendaciones) cuando ciertos directivos de la Fox decidieron cancelarla. Es posible que por eso sea una serie tan buena: no le dieron tiempo a que se enredara con tramas surrealistas hasta el infinito (no miro a nadie, Ronald D. Moore). Lo maravilloso de Firefly fue la presión de sus fans que consiguieron que, años después, una productora diferente comprara los derechos de la historia y rodara Serenity: una joyita del cine de ciencia-ficción y aventuras que constituyó un broche de oro macizo a una serie que ya era de por si muy buena. Serenity cerró todos los cabos que quedaron sueltos en Firefly salvo uno, que no era fundamental y que quedó así por si alguien se animara a hacer una nueva película. Todos los personajes tienen su conclusión perfectamente consistente con lo que les había pasado en la serie. ¿Normal? No, ni de coña.

  • Friends: Quienes me conocen saben que esta estúpida sitcom de los 90 es uno de mis principales referentes culturales. No hay episodio que no haya visto y de algunos, recito diálogos enteros. En serio, decir que me encantaba es quedarse muy corto. En sus últimos años tuvo altibajos, especialmente entre sus temporadas séptima y octava, con diferencia las peores de la serie. Pero las últimas temporadas y, en especial, los últimos episodios, fueron declaraciones de amor puro a los fans que llevábamos 10 años viéndola religiosamente. El final me parece redondo y emotivo y el último plano (SPOILER: todos los amigos dejan las llaves de la casa de Monica en la entrada y lo último que se ve es el marco que decora la puerta) me parece sencillamente genial.
  • Harry Potter: ¿En serio alguien esperaba que Harry muriera? ¿EN SERIO? Amosnomejodas XD. Los últimos libros de la saga de Harry Potter me gustaron bastante especialmente porque tuvieron la habilidad de hacer evolucionar la trama acorde con la edad de los nuevos lectores de la serie. Cierto, los personajes no son precisamente profundos, pero Harry Potter no es nada profundo: es una saga de literatura juvenil cuyo mayor logro fue conseguir que una generación de jóvenes que estaba destinada a no leer un libro en su puta vida, se doblara tomos de 700 páginas en unos pocos días. Obviamente, no es mi saga de libros favorita pero, salvo la cursilería del prólogo del final,  me pareció que la conclusión de la historia estuvo muy a la altura. Además, yo creo que es un caso en el que la mayoría de los fans estuvieron muy de acuerdo.
  • Mass Effect: Sí amigos sí: creo que soy la única persona sobre la faz de la Tierra que no trabaja en Bioware a la que le ha gustado el final de Mass Effect. Ojo, cierto es que me parece mejorable pero (SPOILERS) os digo lo mismo de antes: después de pasarnos 3 videojuegos ensalzando la capacidad de sacrificio de Shepard, eligiendo siempre lo que es mejor para la galaxia, con un pasado turbio y deprimente, ¿EN SERIO ALGUIEN PENSABA QUE MASS EFFECT PODÍA TENER FINAL FELIZ? No sé, llamadme rara, pero siempre me vi venir que Shepard palmaría al final de la tercera entrega. Es más, me parece casi insultante que lo que se ha venido a llamar como “final perfecto” sea uno en el que Shepard sobrevive in extremis, lejos e incomunicada (lo siento, para mi Shepard es mujer, pelirroja y fiel a Liara) de todas las personas que la conocen y la quieren. Joder con la perfección. Aunque vale, cierto es que le concedo un par de cosas a los detractores del final: la primera, y más grave, es que si bien las tres decisiones finales tienen implicaciones bastante distintas, todas las decisiones que has tomado antes (como por ejemplo, curar o no a los Krogan de la genofagia; o confiar en los Rachni) se vuelven absolutamente intrascendentes. Eso está mal, fatal, porque traiciona la esencia de la historia. La segunda, es un poco menos importante, aunque es un fastidio para quienes hemos jugado a explorar todos los diálogos y relaciones posibles de la historia: si hemos decidido que nuestro Shepard tenga una relación sentimental profunda con otro personaje, aunque antes de los minutos finales del tercer juego tenemos un buen par de oportunidades para despedirnos, nos sabe a poco. En ese sentido el final es un poco frío, sobre todo cuando te han dado la oportunidad de construir historietas romanticonas a lo largo de la saga. En cualquier caso, he aceptado el final de la saga como uno más o menos decente para la historia, aunque para el personaje me parezca mejorable. Es obvio que soy muchísimo más optimista en este sentido que la mayoría de los fans de la saga.

Los finales infinitos de Mass Effect 3 (no es un spoiler, pero solo lo vas a pillar si has visto más de uno de los finales)

Vaya vaya, no llevo la mitad del post y ya es el doble de largo de lo que creía. Creo que vamos a convertir esto en una saga de posts que a buen seguro tendrá un final que no gustará a nadie más que la que lo ha escrito. El próximo día, hablaremos de Perdidos, Galactica y Canción de Hielo y Fuego. ¡Ahí es nada!

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