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La culpa es de ella

La culpa es siempre de ella. No se engañen. Una actriz de proporciones y rostro perfectos tiene un iPhone. Por motivos ignotos (¿desconocimiento, falsa sensación de seguridad, descuido?) sube al servicio de almacenamiento online de Apple, iCloud, algunas imágenes provocativas, ligeras de ropa de su juventud, a todas luces privadas. Un día hay un fallo de seguridad en dicho servicio de almacenamiento. Un hacker ve la puerta abierta y se lanza sobre la cuenta de esta y otras actrices. Se forra al distribuir las imágenes por Internet. Esa noche millones de hombres se masturban viendo unas fotos que no iban dirigidas a ellos con la complicidad de la práctica totalidad de las redes sociales. Y la culpa es de ella, de ellas, por haber subido las fotos. Faltaría más.

Jennifer Lawrence fotografiada por Adrees Latif para REUTERS

Jennifer Lawrence fotografiada por Adrees Latif para REUTERS

No es del indeseable que roba, porque esa es la palabra, robar (gracias @SenseiConsultor), como quien le pega un tirón a un bolso; la intimidad de estas mujeres para lucrarse a su cuenta. No es culpa de los millones de salidos que están deseando hacer click en el enlace, abrir las fotos, hacer zoom, babear, opinar en las redes sociales, en el bar, en el trabajo, alardear de que ellos se han follado a chicas con mejor culo, con tetas más grandes. Me repugna pensar en los millones de salidos que esta noche se han masturbado mirando esas fotos que nunca fueron destinadas para sus ojos. Y no es porque Jennifer Lawrence, Lea Michele o Kristen Dunst sean mis amigas, hermanas, madres o novias: es porque son mujeres como yo y que sean bellas, ricas y famosas no evita que me ponga en sus zapatos y me quede claro que, en su situación hoy, querría que me tragase la tierra. Porque un descuido que tiene la gran parte de la población mundial no debería pagarse con un castigo tan desproporcionado.

Algo similar sucedió hace unos años con Scarlett Johansson. En aquella ocasión no hubo iCloud ni nubes de por medio: parece ser que un hacker accedió de algún modo a los datos almacenados en su teléfono y difundió unas fotos muy privadas dirigidas a quien fuera su novio, amante o lo que sea. Todo el planeta pudo verlas. Y tengo la sensación de que a quienes nos parece repugnante somos minoría. No me malinterpreten: tanto Jennifer Lawrence como Scarlett Johansson me parecen mujeres de una belleza sin igual, y disfrutaré sin complejos si ELLAS MISMAS DECIDEN desnudarse para alguna película o fotógrafo. Pero robar el cuerpo, la intimidad de estas mujeres solamente porque son hermosas y famosas me parece una actitud temerariamente cercana a la violación. Y me niego a ser cómplice de semejante indignidad. Me niego a mirar las fotos. Por mucho que me gusten estas chicas. Hay en Internet millones de fotos de chicas desnudas que sí han consentido que dichas imágenes se tomen, publiquen y compartan: ¿por qué ser cómplices de este robo cuándo hay tanto dónde elegir?

No se engañen. La culpa no es de ellas por sacarse las fotos. O por subirlas a iCloud. O por ser hermosas. O por tener senos. O tener culo. Ni siquiera es culpa totalmente del fallo de seguridad de Apple o del aprovechado que se ha lucrado con toda esta historia. La culpa es, amigos míos, de quien hace click en el enlace. Sí. Estoy hablando de vosotros. De los que abrís. Miráis. Hacéis zoom. Bromeáis sobre el cuerpo y la intimidad de mujeres que son probablemente demasiado buenas como para dejar que os acerquéis a más de un kilómetro a su culo. Dais pena, pero sobre todo dais asco.

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No quiero vuestro café

Escribo este texto ya arrepintiéndome de ponerme a hacerlo y dudando si lo publicaré. Afortunadamente este blog ya lo lee poca gente así que quiero creer que me expongo a una densidad de chorradas pequeña. Pero quién sabe. En fin. Que he venido a hablar de café. De esos cafés de los que tanto se habló la semana pasada. Café y violación. Dos cosas muy animosas de las que hablar en unos días de agosto. Pero no vengo a hablar de violaciones. Vengo a hablar de café, de esa extraña pócima que tanto os ha ofendido a muchos. Y lo voy a hacer a sabiendas de que puede que algún conocido se sienta identificado con lo que digo en este texto. A ti, amigo o conocido que lee estas líneas y te preguntas “¿No se estará refiriendo a aquella vez que yo…?” le respondo: “Bingo, amigo, estoy hablando de ti”. Y no lo hago porque busque disculpas, esté traumatizada o quiera poner a nadie en ridículo. Solo lo hago porque me apetece compartir una opinión. Si te fastidia, no haberte portado como un mentecato en el pasado, qué quieres que te diga.

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Graciosa taza de café para cinéfilos servida por Mike Breach en Nueva York y fotografiada por Erin Mulvehil http://www.huffingtonpost.com/2014/03/01/mike-breach_n_4877628.html

A lo que ibamos. Café. Cuánto se ha dicho estos días sobre el tema, ¿eh? Que si ya no se puede invitar a una chica bonita a un café sin que ésta vaya a acusarle a uno de acoso. Que si dónde está la frontera que separa la amabilidad de la pesadez, el estar de buen rollo de ser un puto baboso de mierda. Pues os lo voy a decir bien clarito: no lo sé, pero es el tipo de cosas que no hace falta más que sentido común para intuir. Hace tiempo que me harté de buscarla. Hace no mucho la encontré por pura casualidad y fue tan maravilloso como poco habitual, pero no es de eso de lo que va este post. Este post va de que, en general, no quiero vuestros cafés. No quiero quedarme a comprobar si sois majos o babosos. No quiero aceptar vuestra amabilidad porque ya empiezo a tener suficiente experiencia acumulada sobre qué es lo que dicha amabilidad pretende.

Café, decís. Café. Tengo 29 años y no me ha invitado a un café un chico en la calle, el metro, la facultad o una biblioteca en la puta vida. Eso sí, gestos y palabras obscenas, “¡vaya culo!”, “ole esas tetas”, “hola guapa, ¿quieres venir a sacarle brillo a esta?”, silbidos, roces innecesarios en bares y vagones de metro así como manos desconocidas hábilmente puestas buscando lo que sea, un culo, un coño, una teta en el metro, en un bar, en un concierto… esas cosas, de esas he tenido muchas. Lo sé, soy una estrecha, pero a mi estas actitudes lejos de subirme el ánimo me hacen sentir muy incómoda. Y todavía tengo que estar agradecida, que yo no soy nada del otro mundo: una chica bajita que siempre viste hecha un adefesio y con bastantes michelines. No quiero pensar en la tortura que debe ser salir a la calle y ser una chica despampanante. (Llegados a este punto ruego que os ahorréis las gilipolleces sobre lo mona que os parezco porque el post no va de eso). He tenido parejas muy guapas y he notado cómo las miraban por la calle y me he sentido genuinamente mal.

“No todos somos iguales” me diréis. Eso he pensado muchos años. Tengo muchos amigos varones que nunca me han puesto en una situación incómoda. Ni siquiera yendo borrachos como cubas: las chorradas que ha habido que leer estos días me hacen apreciarlos todavía más (son precisamente estos chicos los que no entienden nuestro cabreo con el tema del café, pero los entiendo: ellos que se comportan como personas y no como chuchos pueden no entender lo que pasa). Pero conozco muchos chicos que son unos maestros del café. Del café inocente, quien dice café dice una cerveza, que quedas para tomarte con alguien que te cae bien, con quien quieres entablar una conversación y quién sabe, tal vez una amistad. Pero ahí llega, el café. El café resulta que se toma arrimados. Muchas veces con la manita en el muslo y gesticulando con el otro brazo, golpeando el pecho de la fémina accidentalmente en unas cuantas ocasiones. La magia de la conversación se rompe con propuestas, ya sean verbales o físicas, no siempre sutiles. Una intenta no poner la mano sobre el muslo de él como una invitación a que él retire la suya del tuyo, te apartas hasta que ya no te queda asiento pero el café sigue acercándosete o mueves la cadera como si estuvieras bailando el limbo ante el más ligero asomo de una mano acercándose a ella (no, no soy una estrecha ni me molesta el contacto físico: me gusta el contacto físico con la gente en la que confío, no con personas con las que solamente he quedado para un café). Llegados a este punto reconozco que la imbécil soy yo por no levantarme e invitar al susodicho a meterse la mano por el culo. En su lugar dejo que la incómoda situación se prolongue hasta que se le deja claro verbalmente al sujeto que no, no va a tener sexo con una. A partir de entonces la amistad se vuelve imposible porque parece ser que una no entiende de qué va esto del café. Y lo reconozco, a veces me da rabia, porque más de uno y más de dos chicos que me caían bien han dejado de tratar conmigo cuando les he dicho claramente que no se iban a acostar conmigo.

De modo que, así las cosas, amigos varones, os pregunto cómo os sentiríais si alguien os tratara así. ¿Os gustaría? ¿Sí? ¿Os gustaría que una chica no se despegara de vosotros aunque con vuestro lenguaje corporal le estéis dejando claro que no os interesa? ¿Os gustaría que os palparan accidentalmente los pectorales o el culo con frecuencia? ¿Os gustaría que este comportamiento viniera de otro chico? ¿Cómo os sentiríais si fuera un chico al que admiráis y con el que queréis tener una amistad pero que insiste en invadir vuestro espacio vital con su aire seductor, como si solamente por ser tan atractivo tuviera ya vuestro cuerpo ganado? ¿Os habría violado? No. ¿Habríais sido víctimas de acoso sexual? No lo creo. ¿Os habríais sentido como gilipollas? Os garantizo que sí. ¿Habríais pasado un rato desagradable, tensos y absolutamente desconcertados? Puede. ¿Os habría compensado? Sospecho que ni de coña. Tal vez caeríais en el café una vez. Puede que dos. Pero mentiríais que dijerais que aún así seguiríais pensando bien de todos los que os invitan a un café, por muy majos que parezcan.

Así que lo siento mucho, amigos. No quiero vuestro café. Es más. Os lo podéis meter por el culo. Hace tiempo que decidí reducir la cantidad de situaciones ridículas e incómodas en las que me encuentro. Solo me acerco a quien me de confianza. Solo pongo una mano en un muslo, en un culo o en un cuello cuando no me cabe duda de que la otra persona así lo quiere. ¿Soy tímida? Sí. Pero sobre todo tengo enorme pánico a invadir el cuerpo de una persona y hacerla sentir incómoda por ello. Así que aprended modales, pensad en cómo os gusta que os traten a vosotros, pensad que no todo el mundo se siente igual con el contacto físico y luego, si acaso, invitad a café. Pero que sea solo café, por dios, que lo demás ya lo tenemos muy visto.

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¿Puede la filmografía de Woody Allen ayudarnos a opinar sobre las acusaciones de violación?

Desde que el pasado fin de semana el New York Times publicara la (ya famosa) carta abierta Dylan Farrow en la que detallaba los abusos a los que su padre adoptivo, Woody Allen, la sometió supuestamente a los siete años; he sentido cierta necesidad de tener una opinión al respecto. Mucho me temo que los motivos son egoístas: si fuera cualquier otro, probablemente en mi cabeza lo tacharía como violador y pedófilo y nunca volvería a disfrutar de una película suya sin que estas palabras rebotaran por mi cráneo. Pero es Woody Allen. Y a mi me gustan mucho sus películas. Su persona, pues miren, no lo sé, siempre me ha parecido un tipo rarito pero nunca me había preocupado, hasta ahora, por su vida privada. Aunque claro, la perspectiva de estar (hasta cierto punto) idolatrando a un señor sobre el que recaen unas acusaciones tan graves me da como que bastante asco.

En consecuencia, después de revolverme el estómago leyendo con atención la carta de Dylan Farrow otro par de textos han llamado mi atención. Trataré de enumerar lo que extraigo, muy a grandes rasgos, de ellos (empiezan a salir varios artículos en castellano sobre el tema aunque la mayoría son más o menos traducciones de algunos de los que comento aquí).

  • La carta de Dylan Farrow en The New York Times. (Hay una versión traducida al castellano en El País) Más allá de las acusaciones contra su padre adoptivo, ya conocidas desde 1992, la hija de Mia Farrow da detalles terroríficos sobre el comportamiento que Woody Allen exhibía hacia ella ya antes de la violación y, por supuesto, de ésta. En consecuencia Dylan se pregunta cómo la comunidad cinematográfica puede encumbrar y premiar la obra artística de un hombre capaz de cometer semejantes atrocidades y se dirige directamente a algunas de sus actrices fetiche de los últimos años para preguntarles cómo se sentirían si les hubiera sucedido a ellas.
  • La columna de Nicholas Kristof en The New York Times, amigo de la familia Farrow, y editor responsable de la publicación de la carta de Dylan. Obviamente, como responsable de la publicación de la carta, da credibilidad al contenido de ésta; aunque admite que no podemos saber con certeza qué sucedió allí. Apunta, no obstante, la horrorosa frecuencia con la que jóvenes son sometidos a abusos sexuales y nos invita a reflexionar sobre el tema.
  • El extensísimo artículo de Robert B. Weide, autor del documental Woody Allen: El Documental (2012), en The Daily Beast.  (Para quien no hable inglés o no tenga mucha paciencia se puede encontrar una especie de versión muy simplificada de este artículo en Playground Magazine). Weide toma el papel de defensor de la causa de Allen. Intentando ser condescendiente tanto con Mia como con Dylan Farrow, argumenta que en el proceso judicial que se abrió en 1992 como consecuencia de las acusaciones interpuestas contra Allen, no fue posible encontrar ni una sola prueba concluyente (ni testigos ni exámenes médicos) que apoyara la versión de Dylan que, para colmo, era contradictoria en algunos puntos. En su extensión parece dar a entender que toda esta historia es una especie de venganza en la que, tras conocerse el idilio de Allen con una de las hijas adoptivas de la actiz, Soon-Yi (la actual esposa de Allen y ya mayor de edad en aquel momento) una despechada Mia Farrow convence a su hija Dylan de que se invente estas acusaciones.
  • Un artículo (bastante menos extenso) de Roxane Gay en Salon. Desde un punto de vista menos condescendiente, arremete contra quienes defienden separar al artista del hombre a la hora de abordar este caso. Dice que prefiere no defenderle y luego darse cuenta de que se ha estado equivocando y lamenta la casi imposible tarea de documentar y probar la mayoría de las violaciones que se producen, con la impunidad que ello conlleva.

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¿Feminismo o presunción de inocencia? ¿Podemos quedarnos con el artista sin quedarnos con el hombre? Tiene gracia (si me permiten la ligereza de la palabra) que estemos hablando precisamente de un hombre que ha dedicado muchas de sus obras a reflexionar (casi filosóficamente) sobre la relación del artista, entendido como individuo, con su obra. El ejemplo más claro cristaliza en una de mis películas favoritas de su filmografía, Balas Sobre Broadway (1994), cuando John Cusack le pregunta desesperado a su compañera de cama “¿Pero tu a quién amas? ¿Al hombre o al artista?”. Es una pregunta que sobrevuela muchas de sus obras, desde las consideradas “comedias menores” como Melinda y Melinda (2004), Vicky Cristina Barcelona (2008) o Un Final Made In Hollywood (2002) hasta alguno de sus guiones más brillantes, como Desmontando a Harry (1997) o La Rosa Púrpura de El Cairo (1985). Debajo de los chascarrillos, de los repartos de infarto, de los chistes que te hacen reír de manera incontrolada, de los neuróticos personajes o de la visión generalmente estereotipada de los personajes femeninos; estas películas comparten algo: una reflexión sobre cómo surgen las historias, sobre la intervención crucial del artista sobre ellas y las consecuencias que estas desencadenan en la vida no artística del individuo. Woody Allen, en sus películas, parece dejarnos claro que, en caso de artistas de auténtico talento (volvemos a Balas Sobre Browadway) no es posible separar al hombre del artista. Aunque, no obstante, me parece que el propio Allen sigue dándole vueltas a este asunto y habrá más películas en las que podamos continuar estudiando sus elucubraciones sobre el tema.

Ahora bien: nos pide Dylan Farrow en su carta que dejemos de premiar la carrera de su violador. Que dejemos de ver sus películas. Prácticamente nos exige que deje de gustarnos. ¿Pueden gustarme las películas de un (presunto) violador? ¿Estoy incurriendo en un lamentable caso de incongruencia con muchos de mis ideales? Peor aún: ¿soy un poco cómplice de su delito cada vez que me río con lo de “Claustrofibia y un cadáver, ¡el colmo de un neurótico!”? Supongamos que, en efecto, Woody Allen es un pedófilo y un violador. ¿Sería el mismo artista de no ser un puto enfermo mental? ¿Serían los mismos los diálogos de Annie Hall si su creador no tuviera, digamos, una tara mental? Sinceramente, lo dudo. Me temo que sea Woody Allen solamente un tipo rarito y excéntrico o un violador de niñas, estas características de su personalidad son determinantes en el desarrollo de su (a mi gusto) genialidad cinematográfica. Pero, ¿son los gustos personales motivo suficiente para desacreditar la obra (artística, intelectual, científica) de una persona? ¿Tiramos por la borda todos los textos clásicos griegos por estar escritos por gente que consideraba normal y saludable mantener sexo con niños? ¿Borramos el nombre del Marqués de Sade de los libros de historia porque era un tarado? ¿Dejamos, los físicos, de utilizar las Leyes de Newton porque Sir Isaac era un personaje turbio, retorcido y de moralidad dudosa? ¿Quemamos todos los ejemplares de La Colmena o de La Familia de Pascual Duarte porque Cela era un misógino y un facha de mierda? Aceptémoslo: si nos la cogemos con papel de fumar, solamente vamos a poder leer a Doris Lessing y las etiquetas de los champús.

Todo esto para decir que, aunque se demostrara que Woody Allen fue culpable de los crímenes de los que se le acusan, para mi ello no borraría la genialidad de sus obras. Aunque también es cierto que si en 1992 hubiera sido declarado culpable y encarcelado, Allen no habría podido ser autor de, como poco, la mayoría de las películas que firmó en los años 90. Eso borraría del mapa grandes ejemplos de su genialidad como Misterioso Asesinato en Manhattan (1993) o Poderosa Afrodita (1995), amén de que sin duda la cárcel habría cambiado para siempre al hombre y me atrevería a apostar de que ni una sola de las películas que ha hecho desde 1992 (es decir, más o menos la mitad de su filmografía, aunque no sus títulos más míticos) habría sido como las conocemos (podrían haber sido mejores, pero no lo sabemos).

Hasta aquí lo único que yo sabría decirle a Dylan Farrow sobre lo que nos pide en su carta. Sobre lo otro, sobre lo que es serio y grave… no sé qué decir. Muchos están comparando este caso con el de Polanski y no me parece del todo adecuado: en el caso de éste último hay una sentencia judicial firme contra él y un mogollón de amiguetes (entre ellos para mi vergüenza mi admirado Pedro Almodóvar) que piden que se le perdone al pobre (violador de mierda) solamente porque es un gran artista (ahem… no). En el caso de Woody Allen hubo un proceso judicial que no consiguió encontrar ni una sola prueba concluyente contra él. ¿Sobornó Allen a todos los implicados? Uno esperaría que 20 años después alguno se hubiera ido de la lengua, si ese hubiera sido el caso. Comparto la frustración de las feministas por lo difícil que es demostrar crímenes relacionados con el acoso o los abusos sexuales. No estoy segura d conocer una forma de mejorar el sistema, pero me temo que dar credibilidad absoluta a cada mujer que acusa a un hombre de violación tampoco lo sería. Es obvio que Dylan Farrow cree firmemente que ella no solo fue violada por Woody Allen, sino que éste la sometió a todo tipo de abusos antes de llegar a este último extremo. No encuentro palabras que no suenen vacías para expresar cuánto siento que ella se sienta así y cuánto espero que pueda superarlo en la medida de lo posible y llevar una vida rodeada de personas que le hagan sentir amada y feliz. Pero para enviar a una persona a la cárcel hacen falta pruebas. Y en este caso no las hay. No creo que pueda quitarme de la cabeza las dudas sobre Woody Allen de ahora en adelante, pero tampoco puedo autoconvencerme de que es culpable de algo cuya verdad solo conocen dos personas en el mundo: él y Dylan Farrow.

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Es mi pelo y me lo follo como quiero

¿Recordáis aquella graciosa campaña de no depilarse en protesta por las políticas de George Bush? Fue SUPER útil para evitar que ganara la segunda vez :P

¿Recordáis aquella graciosa campaña de no depilarse en protesta por las políticas de George Bush? Fue SUPER útil para evitar que ganara la segunda vez :P

Contemplo desde la barrera todo el emergente movimiento en las redes sociales para animarnos a las féminas más arrojadas a abandonar nuestros hábitos depilatorios y abrazar la nueva onda del “donde hay pelo hay alegría”. Es decir, a dejarnos crecer alegremente los pelos de los sobacos, piernas, ingles y demás zonas escondidas de la geografía femenina. En las últimas semanas Twitter se ha inundado de fotos de féminas mostrando las pelambreras de sus axilas en autofotos de dudosa calidad. Todo vale: lo importante es que se vea la prueba: que la chica en cuestión lleva varios días sin pasar la cuchillita por ahí. Cito del artículo en Playground Magazine sobre el asunto:

La iniciativa surge de [una tuitera feminista muy conocida] como parodia de #Movember (hombres luciendo bigote): “se me ocurrió como apoyo a la compa [otra tuitera feminista muy conocida, aunque no tanto como la primera], cuyo avatar tuitero es una foto suya luciendo pelambre con orgullo. La pobre se enfrenta cada día a machirulos que le echan en cara sus pelos”.

La pobre. Lo que no mencionamos por ningún sitio es que “la pobre” también se niega a responder a cualquier persona que desde el respeto y la buena educación se acerque a preguntarle “Oye, ¿por qué lo haces?” o “¿Por qué haces de ello tu avatar en Twitter?” porque parece ser que, en lo que a pelos se refiere, preguntar es ofender. En cualquier caso, admito que la pobre en cuestión debe tener que leer cosas muy  desagradables y no la envidio nada por ello (esta última frase está exenta de ironía). De que así surge la iniciativa: nada de cuchillas en nuestros sobacos feministas.

He tomado esta ilustración prestada del blog www.airesdecambio.com

He tomado esta ilustración prestada del blog www.airesdecambio.com

- Pero… ¿por qué?

- ¡Joder, porque mola! ¿No está claro?

- ¿Mola? Llevar al aire los pelos de los sobacos… ¿mola?

- ¡Claro que mola! Las francesas lo han hecho siempre.

- ¿Entonces me tengo que aprender también la Marsellesa? ¿Ahora me cubre la seguridad social el fisioterapeuta? ¿Podré hablar de las denominaciones de origen de quesos sin que me miren como a una loca? ¡VIVA EL MATOJO!

- No te pases, ¿eh? Piensa: tu, ¿por qué te depilas?

- Esto… ¿para quitarme los pelitos de zonas de mi cuerpo en los que no me gusta verlos?

- ¡EL PATRIARCADO!

- ¿Qué pasa con el patriarcado?

- Claro, es el patriarcado el que pone esa cuchilla en tu mano.

- (Se mira la mano. Se mira el sobaco. Se vuelve a mirar la mano) ¿Ha entrado alguien en mi casa sin mi consentimiento? ¿Cómo sabes esto? ¿Por qué no llamas a la policía?

- ¡MACHIRULA! ¡NEOMACHISTA! ¡FACHA!

A lo que iba. Cuchilla. Maquinilla. Depilación láser. Cera. O pasar del tema. Parece ser que algunas famosas de Hollywood como Julia Roberts o Cameron Díaz se muestran partidarias de dejarse la pelambrera en las axilas y las ingles, respectivamente (en realidad por lo que leo Cameron Díaz está en contra de la depilación integral del vello púbico: entre eso y no depilarse en absoluto hay toda una gama de grises, creo yo). Y los faros del feminismo de Twitter parece ser que no quieren ser menos. Todo sea por el feminismo, claro que sí. ¿Por qué? Preguntar por qué es cosa de machirulos, amigas: aquí no hay porqués ni porcás que valgan. Lo dicen los faros del feminismo y punto.

Captura de pantalla 2014-01-24 a las 11.55.46

Y yo, qué quieren que les diga, cuando me abrí un blog personal hace años nunca pensé que acabaría hablando aquí de mis costumbres depilatorias. Pero resulta que sí (y parece que por algo de aclamación popular). Que hoy vengo a decir que me paso la cuchillita por las axilas cuanto menos una vez por semana y la epileidi por las piernas y las ingles cada dos o tres. Nada de depilaciones permanentes o totales en ningún sitio (nunca el dicho “ni tanto ni tan calvo” pareció venirme más a pelo): una depilación austera y casera que hago yo misma cuando puedo y/o quiero. Y que no pienso dejar de hacerlo. Y que no me creo por ello menos consciente de mis derechos, dueña de mis decisiones o segura con mi sexualidad o mi físico. Lo hago no solamente porque siempre lo he hecho (que también) o porque tenga una pareja a la que no le guste que esté sin depilar (que no): es sencillamente porque me gusta. Porque me gusta la sensación de tener las piernas suaves después de depilarme (repito: suaves para mi que, de mucho tiempo a esta parte, soy la única que las toca); porque nadie se fija en mis ingles cuando voy a la piscina a nadar salvo yo pero, si me fijo yo, quiero que me guste lo que veo y lo que me gusta es que estén libres de pelitos en las zonas que no cubre el bañador; y porque las axilas son un lugar en el que tiende a acumularse sudor que produce olores desagradables. Hay chicas con un olor corporal muy tenue: yo no soy una de ellas. Aunque por aquí hay gente que se está poniendo las botas a decir que no hay ninguna fundamentación higiénica en el tema de la depilación, en mi caso, y no me cabe duda de que en el de muchas otras chicas también, hay un tema de olor. Y yo soy muy de defender mis derechos y oler bien al mismo tiempo. Que se puede.

A mi a veces también me da pereza. Pero trato de no confundir esa sensación con la de tener una ideología. Si lo pensáis, son bastante diferentes.

A mi a veces también me da pereza. Pero trato de no confundir esa sensación con la de tener una ideología. Si lo pensáis, son bastante diferentes.

Llevo mi delirio a un último giro: “Machos: acostumbraos a la pelambrera” reza el título de uno de los artículos que he enlazado antes. Machos. Ahá. Y yo, que soy una de esas desviadas a las que les gustan las mujeres, ¿dónde encajo en todo esto? Nos tendremos que acostumbrar a la pelambrera todos y todas (el lenguaje inclusivo solo parece molar cuando no queremos hacer titulares de impacto). Amosdigoyo. ¿Y este “acostumbraos” implica “tiene que gustaros” o nos tenemos que acostumbrar a ello como a un mal pasajero, como los tangas o las chicas con el pelo teñido de azul (por cierto chicas: os queda fatal. Alguien os lo tenía que decir), sopena de que como digamos algo encima seremos lo peor de lo peor? Porque yo lo admito: aunque no rechazaría a una chica por no ir depilada (para rechazar chicas estoy yo), sinceramente me gusta más que lo esté. Ni más ni menos que por los mismos motivos por los que me gusta estarlo a mi y que, honestamente, no me parecen ni más ni menos fundamentados que los no-argumentos que está llevando esta gente del matojo feliz.

En resumen chicas: encuentro tantos buenos motivos para depilarse mucho, poco o nada como para no hacerlo. Sencillamente el gusto de cada una, el nivel de aceptación del propio cuerpo y la propia belleza y, en resumen, aquello que nos haga sentir más guapas y contentas con nosotras mismas. A mi lo que me gusta es ir depiladita, vaya a compartir o no mi piel con alguien. No hago de ello ni un drama ni una ideología porque, sencillamente, no creo que lo sea. Es una elección personal, tan sana y respetable como cualquier otra.

Y ya está. Eso es lo que pienso de este asunto.

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Celebra el Día de la Mujer con un aumento de pecho por 38 euros

Llevaba yo unos días preguntándome si llegado hoy, 8 de marzo, Día de la Mujer Trabajadora, se me habría ocurrido algo interesante, inteligente o al menos divertido que escribir en este blog sobre el tema. Por Dios, soy una feminista, una orcobollera de pro, una twittera y bloggera con cierto público. ¡Algo se me tenía que ocurrir! Pero no, cuando anoche me fui a la cama todo parecía perdido. Mi patético cerebro de rubia no había encontrar ni una sola cosa inteligente que decir que no se hubiera dicho ya antes. Con esta desolación me fui a la cama. Ah, pero amigos, hete aquí cuando me he despertado y he venido al trabajo, la realidad me ha regalado eso que tanto estaba deseando: algo gracioso, que no demasiado intelligente, sobre lo que escribir. Porque según me bajaba del autobús para entrar al trabajo, recibía en mi smartphone el correo diario de Planeo, una de esas webs de descuentos que a veces me gusta curiosear por si encuentro alguna bandeja de sushi a mitad de precio. Y mi sorpresa ha sido mayúscula cuando he leído el siguiente asunto:

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Como estaba en la calle no he podido golpear el teclado correctamente con la frente. Pero no os preocupéis: lo hago ahora.

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Bien, ahora con todas las teclas y rugosidades del teclado bien marcadas en mi frente me siento con fuerzas para darle a “mostrar imágenes” y bucear entre las innumerables ofertas que el correo de hoy contiene hasta dar con aquella que contiene toda la sabiduría y fuerza que necesito para celebrar una fecha tan señalada como la de hoy.

Captura de pantalla 2013-03-08 a las 09.21.15

Diosa, ¿será verdad? ¿Podré tener unas tetas perfectas sin necesidad de pasar por el cirujano ni de usar engorrosas y antiestéticas fajas? Cuando se lo cuente a mi director de tesis no va a caber en sí de gozo. ¡Qué forma más maravillosa de celebrar el Día de la Mujer! Hace 100 y poco años a una trabajadoras de una fábrica de textiles las quemaron vivas en su fábrica por exigir a su patrón librar los domingos y yo ahora, gracias a todos los avances que otras han conseguido por mi, puedo conseguir unas tetas más duras y voluminosas en su memoria. ¡Como las de la señorita de la foto! Nunca pensé que un aumento de pecho pudiera hacerme tan feliz.

Por lo tanto, oh sí amigos, pienso en el infinito número de posibilidades de éxito social y laboral que unas tetas mejor contorneadas, más vistosas y, ante todo, voluminosas, me van a ofrecer. Y, como no podía ser de otro modo, hago clic en VER AHORA. Estoy un pasito más cerca del éxito, oh sí, puedo sentirlo. (A continuación os adjunto una captura de pantalla con las condiciones del cupón, más que nada porque como son ofertas a corto plazo, probablemente el link deje de existir dentro de unos días)

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¿Podéis creerlo? A base de mejunjes y masajes mis tetas no solo estarán más relajadas, sino que habré aumentado ¡una talla! de sujetador. No quepo en mi de gozo. Literalmente, porque tendré que renovar mis sujetadores. Da lo mismo, de este modo mato dos pájaros de un tiro: por un lago, mis nuevas y reafirmadas tetas harán que todos los hombres de mi trabajo me miren con renovado respeto, que mis opiniones sean escuchadas y tenidas en cuenta y que los apretones de mano sean fuertes y sinceros; por el otro, consigo todas estas maravillosas mejoras sin necesidad de pasar por el cirujano, que no es que eso me moleste, pero es que las orcobolleras con las que me acuesto bromean frecuentemente con la frase “Tetas de goma: tocada una, tocadas todas”, y no quiero que una bollera que no es capaz ni de depilarse los sobacos ridiculice mis tetas. No, todo natural. Todo maravilloso. Todo perfecto.

Y así, amigos y amigas, se celebra correctamente el Día de la Mujer Trabajadora, ese 8 de marzo en que las mujeres con dos dedos de frente nos quitamos los sujetadores, soltamos las fregonas y bajamos a la calle a dar rienda suelta a nuestros impulsos más feminazis a base de gritos, tamboradas y pancartas. Nos felicitamos por los logros conseguidos, y nos entristecemos por los que parecen no llegar nunca. Y nos sometemos a un tratamiento que nos aumenta el volumen de las tetas. Solo por si acaso este tiene algún tipo de consecuencia positiva en nuestra vida social, laboral, emocional o sexual. Porque eso es lo que somos las mujeres: máquinas de parir criaturas, poner lavadoras cuya habilidad para la supervivencia se mide en tallas de sujetador y número de copa. No hay más comentarios, chicas. A las que vayáis esta tarde a la manifestación de Madrid, por ahí andaré. A las demás, pues feliz 8 de marzo.

Bonus: Me ha picado la curiosidad por eso del peeling ultrasónico y de fitoestrógenos. Aunque sé algo de biología, lo de os fitoestrógenos no lo había oído mencionar en la vida, así que le he preguntado a la señora Wikipedia qué demonios era eso. Parece ser que son estrógenos de origen vegetal y que se ingieren en pequeñas cantidades en nuestra alimentación, pero cuyos efectos no están nada claros. Eso sí, para las tetas deben ir re-que-te-di-vi-nos.

Re-bonus: Por si fuera poco, la gente de Youzee me acaba de mandar un correo invitándome a celebrar el 8 de marzo viendo la segunda parte de Amanecer, una de las películas de la Saga Crepúsculo, que es bien conocida por ser haber fomentado entre las jovencitas un modelo de mujer sumisa e idiota que solo sirve para ser follada brutalmente. Seguro que Amazon me manda dentro de un rato un correo invitándome a comprar Cincuenta Sombras de Grey, como si no hubiera suficiente literatura feminista que consumir. En fin, que el próximo Día de la Ciencia lo celebraremos con un congreso sobre viajes astrales; y el Día del Padre, con una buena hostia bien dada. Total, es lo que se estila. ¿No?

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Yo no me alegro

El Tribunal Constitucional avala, 7 años después, que el derecho a dos personas del mismo sexo a contraer matrimonio ni vulnera el derecho de los demás a hacerlo ni entra en conflicto con ninguno de los artículos de nuestra (gloriosa) Carta Magna. Hay quien se ha tomado esto como una buena noticia, celebrándola. Los hay incluso que me han felicitado, como si yo tuviera algo que ver con esta ley o esta decisión (no), o como si yo estuviera casada o pretendiera estarlo en un futuro próximo (tampoco). A mi lo de ayer no me parece ni buena noticia y, ni mucho menos, un motivo de celebración. A mi lo de ayer me parece el fin a una vergonzante humillación. El final de una angustiosa carrera de 7 años de dimes y diretes en la que los derechos de miles de españoles estaban suspendidos en vilo por un un fino hilo que tenía y tiene nombre y apellidos: Partido Popular, que de soltera se llamaba Alianza Popular.

Y es que recuerdo a quienquiera que se sienta movido a leer estas líneas que los motivos de celebración ya los tuvimos, sobrados, hace 7 años. Fue el 30 de junio de 2005, uno de los día de mi vida que más orgullosa me he sentido de tener un pasaporte español, porque mi país aprobaba una de las leyes de matrimonio homosexual más avanzadas y tempraneras del mundo en la que se contemplaba no solo la puesta al día de los derechos de unión entre personas del mismo sexo; sino que en virtud del uso de la palabra matrimonio para este tipo de uniones, las equiparaba en todos los sentidos a las de parejas heterosexuales y, sobre todo, confería también el derecho a la adopción de niños por parte de las parejas del mismo sexo. Aunque la regularización de las uniones homosexuales estaba incluida en el programa electoral con el que el PSOE ganó las elecciones de 2004, el derecho a la adopción no estaba tan claro. Y, aún así, aquél equipo de gobierno se arriesgó, se enfrentó a la derecha más rancia de este país y nos concedió lo que era de cajón que nos merecíamos: sencillamente, ser tratados como el resto de habitantes de este país. Aquél día y aquélla noche si que hubo algo que celebrar. Aquél día me sentí feliz y orgullosa, no de mi condición sexual; no solo de mi país, sino también de un gobierno y un presidente valiente que en aquél momento poco tenía que ganar con una decisión tan arriesgada.

Pero ya conocemos este país, y hay cierta panda de indeseables que son incapaces de tener la fiesta en paz. Durante los años que gobernaron los socialistas, lo que el Partido Popular no pudo ganar en las urnas, intentó conseguirlo a golpe de recursos en el Constitucional. El matrimonio homosexual no fue una excepción y como los carcamales que toman decisiones en ese órgano viven sin prisas, el litigio se ha prolongado 7 años. Siete angustiosos años en los que las noticias alarmantes se iban sucediendo, haciendo que miles de españoles aguantáramos la respiración sola y exclusivamente por el capricho de un partido político que nunca ha acabado de comprender correctamente cómo funciona esto de la democracia. Así que después de tener la bota de los conservadores apretándome sobre el cuello, viendo cómo de vez en cuando se me meaban en la cara por dar placer a sus votantes, llega un día en el que los carcamales se deciden y en un arrebato de benevolencia dejan por escrito que mis derechos son míos y que se acabó el chiste. Los fachas me quitan la bota del cuello, me dejan levantarme y encima tengo que inclinarme ante los vejestorios, darles las gracias por ser tan buenos y progresistas, besarles el anillo y celebrar por las calles que me devuelven un derecho que ya tenía. Pues no. Ni les doy las gracias ni me alegro. Me levanto y de lo único que tengo ganas es de arrancar de cuajo la pierna que calzaba la bota que ha estado pisoteándonos a mi y a mis derechos durante siete años por pura rabieta infantil y miope.

Para acabar con el arrebato pesimista, un último dato: perfecto que nos dejen adoptar, más aún ahora que el PP propone que las lesbianas y las madres solteras que quieran someterse a un tratamiento de fertilidad lo paguen de su bolsillo. Al menos en todo esto hay una buena noticia: como lesbiana que soy, si la Seguridad Social decide no cubrirme un tratamiento que sí que paga a las heterosexuales feliz y católicamente casadas, el año que viene me descontarán la proporción correspondiente de mis obligaciones tributarias con el Estado. ¿No? Como digo, la guerra no ha acabado, ni lejos. Y hemos ganado una batalla, sí, pero el día en el que la situación de los homosexuales, transexuales y bisexuales en este país esté completamente regularizada está lejos. Fui una idiota cuando hace años creí que no era así.

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Sois mierda

Todos los que en las últimas 24 horas habéis buscado, reproducido y hasta compartido un vídeo no dirigido a vosotros en el que una desconocida se masturba solo por el mero hecho de divertiros, haceros los graciosos, poneros cachondos o por que se trate de una concejala socialista de un pueblo del que jamás habíais oído hablar; a pesar de que sabéis que dicho video ha sido robado y colgado en internet sin el consentimiento de su protagonista

SOIS PURA MIERDA

Espero desde lo más profundo de mi corazón que algún día os pase lo mismo. Espero que algún día cometáis un descuido y os saquéis una fotito de vuestro patético aparato reproductor, alguien os la robe, la cuelgue y millones de personas puedan mofarse de vuestros nombres y apellidos. Tan deleznable es el personaje que ha colgado el vídeo de marras como vosotros, que lo habéis hecho grande con vuestras visitas, chistes y retuits. Que esté en internet no es excusa para poder verlo. Hay que tener un mínimo de decencia. Y vosotros ni la tenéis ni habéis oído hablar de ella en vuestra puta vida. Desgraciaos.

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En defensa de Wert y Dívar

Ahí, con la Biblia y el crucifijo dándolo todo

Me paro un momento a escribir en este semiabandonado blog para comentar una cosa que ya he dicho un par de veces por Twitter. Primero hace 3 semanas a raíz de que varias personas de mi timeline empezaran a frivolizar y a dar por hecho que el Ministro de Educación José Ignacio Wert era homosexual. Ahora parece que vuelve a haber insinuaciones de las mismas características sobre Carlos Dívar, reconocido católico y sobre todo Presidente del Consejo General del Poder Judicial.

Voy a dejar las cosas claras. Da la santa casualidad de que a mi estos dos señores me parecen gilipollas. El uno porque es un mal ministro, un déspota y no tiene ni el más mínimo amor por el sistema educativo español. El otro porque es un facha de mierda y, para colmo, un estafador que roba dinero de todos los españoles.

Ahora bien. Voy a defenderlos.

Porque una cosa es ser un ministro o un juez de mierda y otra muy diferente es que se les juzgue por su orientación sexual. Hasta ahí podían llegar las bromas: parece ser que es que solamente los que somos de izquierdas, ateos y bienpensantes tenemos derecho a ser homosexuales o lo que nos de la gana. Pues no amiguitos, no, si somos tan idiotas como para descalificar a un ministro, por muy de derechas que sea, por su (supuesta) homosexualidad, es que no nos merecemos el trato igualitario que nuestros predecesores tanto han luchado por concedernos.

Así que vamos a dejar las cosas claras. Se puede ser católico y homosexual. Se puede ser de derechas y homosexual. Hasta se puede ser del PP y ser homosexual. Los progres no tenemos el monopolio de esto. Por mucho que nos cueste entender que una persona sea gay y vaya los domingos a misa, o los viernes a la mezquita o lo que sea, no vamos a negar la realidad. Igual que algunos tienen que aceptar que los homosexuales existimos y tenemos derecho a vivir y otras cosas básicas; ya nos va tocando a nosotros aceptar que se puede ser gay y de derechas a pesar de todos los pesares. Que a algunos nos guste ponernos una camiseta rosa y subirnos a una carroza a hacer el memo el día del Orgullo Gay no significa para nada que tenga que ser lo que todos los homosexuales hagan.

¿Que es paradójico que un homosexual sea ministro de un gobierno que quiere tirar abajo el matrimonio entre personas del mismo sexo y erradicar cualquier frase de tolerancia hacia ello en la asignatura de Educación Para La Ciudadanía? Puede, pero en ningún caso es un argumento para juzgarlo como ministro. Lo mismo es aplicable para el otro soplagaitas. A mi lo que me importa es lo que hace cuando cogen su cartera ministerial o se ponen la toga respectivamente. Ahí ya se encargan ellos mismos de cubrirse de gloria, de hecho. Por lo demás, siempre y cuando no implique delitos, pueden hacer con su vida y sus orificios lo que le salga de la punta del nabo. Allá ellos con sus conciencias. Yo con la mía estoy muy tranquila.

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Visibilidad lésbica: ni tan fácil ni tan claro como lo veía hace un año

Día de la visibilidad lésbica. Hoy hace un año publiqué un post bastante divertido y exitoso en el que ironizaba sobre los preceptos de la buena lesbiana, poniendo el encierro en el armario como el más importante de ellos. Eran buenos tiempos: llevaba más de dos años haciendo la tesis en un laboratorio en el que desde el principio había dejado clara mi condición sexual. Visto con cierta distancia, es posible que fuera una inconsciente al hacerlo. Hace unos meses pasaron varias cosas y tuve que abandonar ese laboratorio y esa tesis. Por supuesto el problema no fue, en absoluto, mi condición sexual. Hubo cosas más serias sucediendo por allí, pero tras todo lo sucedido mucha gente me dijo que, probablemente, que todo el mundo lo supiera no me ayudó nada.

Ahora trabajo en otro sitio. Otro laboratorio, otra tesis. Nadie sabe si me gustan las chicas o los chicos. Creo que ni lo sospechan. Y son muy majos, ¿eh? No creo que les importara lo más mínimo. Pero el caso es que no me atrevo. Y no creo que lo haga. Me siento mal al hacer las cosas así, pero creo que no va a cambiar. Si a nadie le importa, si a nadie le va a sentar mal si hablo de mi novia en lugar de mi novio, ¿por qué no lo hago? La respuesta es complicada, pero voy a tratar de explicarla.

En general, la gente es buena. En general la gente, y los hombres, son tolerantes. Pero de uno en uno no es tan fácil. Cualquier mujer que me lea lo comprenderá: muchas veces sucede que, con ciertos tíos, aunque no haya ni tensión sexual, ni intento de ligar ni nada parecido, es inevitable cierta sensación de que… él piensa eres susceptible de irte a la cama con él. Es difícil de explicar, pero hay muchos hombres que, aunque no quieran nada contigo, no son capaces de evitar esa actitud. Alguna de las personas de mi anterior laboratorio tenía ese problema. No les pasa a los tíos, pero es frecuente. Estadísticamente es muy probable encontrarse a alguien así en el trabajo.

Cuando a uno de estos tíos (ojo, no estoy hablando ni de lejos de un acosador, simplemente de gente que piensa que todas estamos disponibles) tratas de cortarle hablándole de tu novio, la mayoría de los casos pillan la indirecta. Si hablas de tu novia o si solamente mencionas que los hombres no te interesan, la cosa se complica. Se crea una cierta incomodidad, es complicado de explicar, pero aparece. Este tipo de personajes pasan a creer (no sé si consciente o inconscientemente) que se les está privando de una oportunidad que es suya por derecho. Y la relación se vuelve rara. Y una pasa mucho tiempo en el trabajo y no están las cosas como para tener relaciones raras con nadie. A tus amigos los eliges y en mi caso elijo de modo que ninguno tiene este problema. Pero a tus compañeros de trabajo no los puedes elegir y, repito, siempre hay alguno de estos sueltos por alguna parte.

Es por esto que, con todo el dolor de mi corazón, mi trabajo se ha convertido en el único lugar en el que ando en el armario. No me gusta, pero no me parece seguro salir de él. Fuera, mi familia, mis amigos, mis conocidos, mis redes sociales… mi todo es un oasis de tranquilidad en el que no tengo que cuidar mi lenguaje. Pero en el trabajo ya no. He decidido que por ahora no.

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