Unas líneas sólo para decir que yo también estuve en la manifestación de ayer, sucursal madrileña, obviamente. Y para decir que empiezo a sentirme gilipollas porque nunca me llevo los famosísimos palos que ser vienen repartiendo en estas cosas. Verán, es que yo bajaba de mi clase de spinning y muchas ganas de marcha no tenía, así que me encontré con mis amigos en Tirso de Molina, bajé por Huertas y me uní a la manifestación sin más aspavientos, gritando consignas de vez en cuando, alzando las manos, sacando fotos y hablando con mis amigos. Todo muy tranquilo.
Cuando llegamos a Neptuno, que, aparte de ser la plaza del Atleti, es la que va a parar la Carrera de san Jerónimo, la calle en la que se encuentra el Congreso de los Diputados (lo digo porque asumo que no todos somos madrileños), tengo que confesar que contemplé un espectáculo que nunca había visto antes en mi vida como manifestante: dos hileras de vallas, una de policías nacionales (con gorra, no cascos) y una larga fila de lecheras por toda la calle. Todo era tan excesivo que llegaba a ser paródico. Pero vamos, eran las 9 de la noche y no pasó nada: la gente, estupefacta, se acercaba a sacarles fotos y se murmuraba acerca del miedo que debía tener el gobierno a sus propios ciudadanos, pero nada más. ¿Hacia falta increpar a esos policías? No, en absoluto, ellos estaban haciendo su trabajo de manera pacífica, dejándose hacer fotos y sin una mala mirada a los que por allí pasábamos. Y nada pasó: cómo tantos otros, mis amigos y yo continuamos la marcha hasta Sol, sin prisa pero sin pausa, sin molestar a nadie y sin ser molestados. Sorprendidos, si acaso, por el gran número de policías de paisano que, como funcionarios que son de habían sumado pacífica, normal y tranquilamente a la protesta.
Mis amigos y yo, cuando llegamos a Sol, no necesitamos que nadie nos dijera ‘dispérsense‘: igual que somos mayorcitos para saber cuándo empieza una manifestación, también lo somos para adivinar cuándo acaba, y una vez en Sol no había mucho que hacer. Así que ya está, habíamos salido a la calle tranquilos, habíamos manifestado nuestro cabreo sin romper nada y al final decidimos ir a cenar unas tapas a La Latina, dónde con las pertinentes cervezas desarrollamos un plan para arreglar el mundo.
Y cuál es mi sorpresa cuando hoy me levanto, me pongo el desayuno, abro Twitter y resulta que está inundado de noticias sobre altercados anoche en la Carrera de san Jerónimo. ¿Pero cómo es posible?, me pregunto, si ayer todo estaba bien, manifestantes y policías íbamos todos tranquilos y sin ganas de liarla… ¿Qué ha pasado? La versión de la prensa es que en torno a la medida noche (esto es, tres horas y media después de la convocatoria de la manifestación, cuyo recorrido yo acabé a las 10) unos bomberos intentaron saltarse el cordón policial que impedía acercarse al Congreso y los policías que lo defendían cargaron contra ellos (asumamos que los policías tenían órdenes de no dejar acceder a nadie a San Jerónimo, de modo que estarían haciendo su trabajo). También me cuenta alguien que esos policías llevaban casco (repito que puedo certificar que cuando yo los vi llevaban gorra) y que unos bomberos les animaron a quitárselo y unirse a la manifestación (que había acabado hacía horas), cosa a la que los policías se negaron y respondieron con una carga (ojo, esta fantasiosa versión me la han contado por ahí).
En cualquier caso, una cosa quiero dejar clara: quienes ayer intentaran acceder a la Carrera de San Jerónimo, ya fuera por la fuerza o sencillamente insultando a los policías que formaban el cordón, me representan como manifestante tan poco como los diputados del congreso lo hacen como ciudadana. Esos manifestantes violentos y claramente estúpidos no me representan, porque por muy patético que me parezca que el gobierno necesite un despliegue así para que los ciudadanos no se acerquen al edificio en el que reside la soberanía del pueblo (aspirar a que reflexionen sobre el hecho de que si tantas ganas tenemos de quemar el Congreso a lo mejor algo habrán hecho es mucho, pero ahí lo dejo), no se me ocurre ponerme a intentar saltarlo una vez la manifestación ha terminado. La única explicación que le encuentro es que quien lo intentara tenía un verdadero interés en recibir una hostia, pero sin tener en cuenta que cuando la policía carga, suelen llover hostias también a gente que, literalmente, pasa por ahí. Y puede dar la casualidad de que a esos que les partan la cara les apetezca poco. Ni que decir tiene que ponerse a quemar contenedores, ya no solo porque en Madrid hace un calor de mil demonios estos días, es, y nunca mejor dicho, una idea de bombero jubilado; y la policía se tiene que ver en la obligación de impedir que esas cosas pasen.
Así solo eso, que me jode que una manifestación tranquila, pacífica y llena de policías razonables, tan cabreados y tan ciudadanos como todos nosotros, se vaya a recordar porque al final, para variar, hubo cargas policiales. Pues me jode porque por lo que leo me da la impresión de que en este caso las cargas eran absolutamente justificadas y que quien se ponga a hacer el imbécil de esta guisa se merece una buena hostia. Y ya está. Por unas manifestaciones sin zoquetes, ya está bien de llevarse las hostias que provocan otros.





