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Matadme: soy mujer, joven y tengo futuro

Tengo 26 años. Desde los 14 hasta los 23 estuve estudiando como si la vida me fuera en ello. Me dejé el alma en el instituto y la vida en la universidad. Siempre me sorprende mucho la gente que dice que en la universidad pasó los mejores años de su vida: yo no. En realidad, creo que fueron de los peores. Sacarse Ciencias Físicas con la especialidad de Física Fundamental en cinco años y con notas decentes acaba dándote un dolor de culo inmenso. True story.

Pero tuvo su recompensa: cuando aún me quedaban un par de meses para acabar la carrera hice una entrevista para hacer la tesis doctoral en el laboratorio de mis sueños. Y me cogieron. No por mi cara bonita (que la tengo) ni por lo maja que fuera (que lo soy), sino porque me había dejado el alma durante nueve años para llegar a eso y se notaba. Además, de propina, acabé consiguiendo una buena beca para realizar mi investigación. Esa tampoco me la dieron ni por lo buena que estoy ni por lo bien que follo.

Soy consciente de que tuve mucha suerte. Hay mucha gente de mi generación bien formada y dispuesta que no encuentra curro ni a tiros. El mundo no es justo. Por ejemplo:

El 43,5% de los jóvenes de entre 16 y 25 años que desean trabajar en España no encuentran un empleo. (Seguir leyendo)

Ayer hubo una manifestación en que unos 2000 jóvenes de mi generación acabaron estropeando el mobiliario urbano de mi barrio en aras de que no encuentran ni curro, ni casa ni futuro. ¿Mi opinión sobre esto? Pues que es mucha casualidad que muchos de los que se están quejando hoy de que no encuentran forma de construir su vida sean los que tardaron 6 años de césped y cafetería en sacarse una diplomatura. Sé que hay muchas injusticias en el mundo y mucha gente que no se merece estar en paro. Pero también veo muchos amigos de mi generación que nos hemos dejado los cuernos para cumplir nuestro sueño (investigar, en mi caso), lo hemos logrado o estamos en ello.

Los jóvenes tenemos que demostrar cuánto valemos como los que más. Es una putada, pero el que no lo demuestre no va a aspirar a mucho más que a servir hamburguesas. Y a mi eso no me parece tan mal.

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El Principito: una nueva lectura

Hace cosa de un mes, en un arranque de melancolía y gafapastismo supremo, se me dio por poner en este blog un capítulo de el archiconocido libro de Antoine de Saint-Exupéry, El Principito. La cosa tiene gracia porque nunca ha acabado de gustarme este texto. Siempre me pareció demasiado cursi y, voy a ser sincera, el personaje del Principito nunca acabó de caerme bien.

¿Por qué?, os preguntaréis a coro, si El Principito es la culminación del amor y la ternura. Tiene todas las cualidades exigibles a una buena persona: es un niño, rubito, noble, es sensible, capaz de amar, amigo de sus amigos. ¡Es la encarnación de la inocencia y los mejores valores de la Humanidad!

Y yo os respondo Y UN HUEVO DE PATO. Recapitulemos: tenemos a un puto niñato que vive con su novia (sí, la florecita de marras), a la que encima encierra en una campana ‘para que no le pase nada’. Un día riñen y el niñato, en vez de solucionar las cosas como haría cualquier adulto, se larga y deja a la novia plantada (literalmente). Se larga y empieza a hacer amigos: que si el zorrito, que si el cazador, que si al aviador. Todos con un denominador común: como el niñato es tan buena persona, le quieren muchísimo. Pero claro, después de hacerse querer, el niñato se tiene que ir porque, después de conocer a otras chicas y dejarles bien claro que no valen ni la ropa que visten, le entra morriña de su novia. Para volver con ella tiene que dejar abandonado al zorro, que le adora y el pobre aviador tiene que presenciar la muerte de un niño a manos de una serpiente.

Vaya, que buena gente el Principito, ¿eh? Se cabrea con la novia y la mejor forma de reconciliarse con ella es darse un voltio y joder unas cuantas vidas. No, en serio, no me gusta el estilo de este niñato, nunca me ha gustado. Hace algún tiempo alguien me dijo que me domesticaría como al zorrito. No funcionó y al final la que se jodió fui yo. Siempre me dio mucha pena el zorrito. No tenía ninguna necesidad de ese niño y, aún así, no pudo evitar decirle ‘Domestícame’.

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